Más sobre la imbecilidad PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Javier Sicilia   
Lunes 26 de Septiembre de 2016 18:43
El pasado 5 de septiembre, en el periódico Reforma, Jesús Silva Herzog Márquez, en un lúcido y duro artículo, “La estupidez y la traición”, definió la invitación de Donald Trump a México como “una estupidez” típica de nuestra historia política. La estupidez –cuyo sentido etimológico es “aturdimiento”– es una buena palabra para definir el acto presidencial. Pero hay otra mejor para definir no sólo esa invitación sino la temperatura de la vida política de nuestro país: la imbecilidad.
 
La imbecilidad es –según las definiciones tautológicas de los diccionarios– la cualidad de los imbéciles. La palabra, al igual que “estupidez”, es muy dura. Connota un insulto. El escritor Georges Bernanos solía llamar “imbéciles” a los políticos y a los intelectuales insensatos. Sin embargo, en su denotación, es decir, en su sentido propio, imbécil no es un calificativo sino un sustantivo cuyo sentido etimológico (del griego imb, “sin”, y de bakulum, “báculo”), se refiere o bien a quien no tiene un soporte para caminar (la sabiduría en la antigüedad y entre los pueblos indios está asociada con la vejez, que se representa con la imagen de un anciano apoyado en un bastón) o a quien ha perdido la autoridad, la realeza (el báculo en nuestra tradición es el bastón de madera, largo y curvo en su extremo superior, que usan los obispos como símbolo de su autoridad espiritual).
 
En ambos sentidos, el imbécil es el que carece de sabiduría, el que no puede sostenerse a sí mismo y, teniendo la autoridad para guiar, se desmorona y desmorona a quienes conduce.
 
La vida política de México está llena de imbecilidad y de imbéciles. No sólo fue imbécil degradar lo poco que quedaba de la investidura presidencial invitando a Trump –el xenófobo, el enemigo de México, el apólogo de la segregación y del crimen. Es imbécil también querer ocultar la realidad de la violencia y de las violaciones a derechos humanos que vive México; es imbécil negar que hay cientos de miles de desaparecidos y que, pese a los hallazgos hechos por la sociedad civil, no existen las fosas clandestinas fabricadas por el Estado; es imbécil destruir la vida de los pueblos y del medio ambiente de México, concesionando las aguas, las tierras y el aire del país al dinero de trasnacionales depredadoras; es imbécil sostener en el poder y en la impunidad a gobernadores criminales porque así conviene a los intereses de los partidos y del Estado.
 
Sólo a una caterva de imbéciles pueden ocurrírseles estas cosas y sólo la imbecilidad puede consentirlas. Sus acciones carecen de cualquier sabiduría. Son la confirmación de que para nuestros gobernantes, como para Trump, la tierra de México y su gente son despreciables: gentuza y traspatio que merecen el gueto y su uso indiscriminado como mercancía, instrumentalidad y desecho que, en el caso de la gente y si así conviene, puede ser desaparecida en fosas clandestinas del crimen organizado o de las fiscalías, como las de Tetelcingo, en Morelos.
 
La invitación a Trump no deja ya posibilidad para pensar otra cosa. Haberlo traído a la inmensa fosa común en la que nuestros gobernantes, en complicidad con el crimen organizado y gente como Trump en Estados Unidos, han convertido el país, es habernos dicho a nosotros y al mundo que ese imbécil tiene razón: que los mexicanos somos despreciables y que es bueno no sólo que nos devuelvan a los 11 millones que habitan en su territorio para perseguirlos y desaparecerlos, sino que es necesario también levantar un muro entre nuestras fronteras y evitar así su huida del campo de concentración mexicano.
 
No importa lo que el presidente le haya dicho a Trump en Los Pinos; no importan las justificaciones que se esgriman en relación con esa visita. El hecho está consumado y muestra ya, sin equívoco alguno, que la política ha dejado de existir devorada por la imbecilidad. La invitación y la visita de Trump a México no es simplemente, como lo señaló Silva Herzog Márquez, “una estupidez [que]dañó irreversiblemente la relación del presidente de México con la candidata puntera de Estados Unidos [y]exhibió a su gobierno como un bulto en caída libre”. Es, sobre todo, la muestra de que la imbecilidad con la que nuestra clase política gobierna desde hace décadas no ha dejado de producirnos daños también irreversibles que se miden en cientos de miles de muertos y desaparecidos, en inseguridad, miedo, maltrato, violación a derechos humanos, corrupción y miseria.
 
Trump en México no fue, así, más que la punta del iceberg de la imbecilidad que destruyó desde hace mucho la vida política y el esqueleto moral del país. Es también la exigencia de que el país se merece una refundación nacional si quiere escapar de su ignominia. La inacción, en este sentido, es también una forma de la imbecilidad. Si la reserva moral, que aún queda en el país, no es capaz en su indignación de dejar por un momento sus diferencias ideológicas y protestar en las calles para decirle a Trump, a la Presidencia y a las partidocracias corruptas que todavía hay una patria que defender, entonces la imbecilidad de Trump y de nuestra clase política habrán tenido razón contra nosotros.
 
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, detener la guerra, liberar a José Manuel Mireles, a sus autodefensas y a todos los presos políticos, hacer justicia a las víctimas de la violencia, juzgar a gobernadores y funcionarios criminales, boicotear las elecciones, devolverle su programa a Carmen Aristegui y abrir las fosas de Jojutla.
Última actualización el Lunes 26 de Septiembre de 2016 18:49