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Escrito por Gustavo Esteva   
Lunes 10 de Octubre de 2016 13:43
En medio de la guerra, como parte de la campaña general de despojo, nos han quitado también la palabra, las palabras. Y así quieren enterrar Tlataya o Ayotzinapa o hacen triunfar el no en Colombia.
 
Las palabras son puertas y ventanas de nuestra percepción; de las palabras que usamos depende nuestra experiencia del mundo. Y es eso lo que está inmediatamente amenazado y afecta nuestra capacidad de hablarnos… y de saber lo que pasa. En lugar de ser una forma autónoma de relación, el lenguaje se está convirtiendo en un dispositivo de aislamiento y un instrumento de manipulación y control.
 
El campo del lenguaje es tan rico y variado como la naturaleza… pero la guerra que se libra contra él hace declinar la diversidad lingüística. Gobierno y mercado extirpan lenguas, las eliminan y anulan la creatividad vernácula y local del lenguaje; son promotores de la unificación global proyectada por el capital, que organiza la guerra actual y puede condenarnos a la ceguera y el silencio. Existen todavía unas 5 mil lenguas en el mundo. Cien de ellas se distribuyen en 95 por ciento de la población mundial; el resto, la inmensa mayoría, en el otro 5 por ciento. De las lenguas vivas, 30 por ciento se hablan en Asia y África, 20 por ciento en la región del Pacífico, 16 por ciento en el continente americano; en Europa sólo se habla el uno por ciento, 67 lenguas. Cada semana muere una de esas lenguas vivas; con ella muere una civilización, una manera de ser y de pensar.
 
Nos han invadido vocablos-amibas. Pero quizás no debemos asociar este inocente animalito transparente, de contornos difusos, con las monstruosidades verbales que padecemos. Es preferible el término palabras plásticas, como propone el lingüista alemán Uwe Porksen. Las ha enlistado y caracterizado con rigor. Según él, son llave maestra de la vida cotidiana; fácilmente accesibles, infiltran campos enteros de la realidad y la reordenan a su propia semejanza. Son palabras como identidad, desarrollo, comunicación, información, solución, energía, recurso… Tienen aura. Su denotación se ha perdido o es enteramente imprecisa, pero están llenas de connotaciones, generalmente positivas. A menudo nacieron en el lenguaje común, emigraron al dominio científico y regresaron a su lugar de origen con enorme fuerza colonizadora… y destructiva.
 
Desarrollo es una de esas palabras. Significa casi cualquier cosa, desde construir rascacielos hasta instalar letrinas, lo mismo perforar pozos petroleros que buscar agua. Es un concepto de un vacío monumental… que ha dominado la discusión pública por más de medio siglo. En estos años se ha usado sistemáticamente para empacar todas las obras y acciones que despojan a los pueblos de sus tierras, sus aguas, sus territorios, y para descalificar a quienes las resisten: son retrógradas, opositores del desarrollo y el progreso.
 
También lo es energía. Pocas veces se usa con su significado vernáculo, que todavía aparece en los diccionarios, cuando se dice que alguien es muy enérgico para aludir a una persona vigorosa y activa. La palabra se emplea cotidianamente para referirse a temas como el costo de las gasolinas o la energía renovable. Si alguien nos pregunta qué es la energía vacilaremos un poco y confesaremos ignorancia técnica, confiados en que los especialistas podrán dar una buena definición. Cuando nos informen que es la masa por el cuadrado de la velocidad quedaremos perplejos; no estábamos hablando de eso. Helmholtz y otros usaron su significado vernáculo para sus investigaciones y cuando la palabra regresó al lenguaje cotidiano produjo un vacío. Nada nos decimos al usarlas, pero operan como signos de secta.
 
No es éste asunto académico. Padecemos cotidianamente las consecuencias de esta destrucción del lenguaje que hace del discurso político una expresión fiel de la neolengua de Orwell. En su distopía, paz es guerra, como repetía incesantemente el Gran Hermano. Como hacía Goebbels para Hitler. El procedimiento es un ingrediente indispensable del ejercicio autoritario: es su condición de existencia. Con las bayonetas no se puede gobernar; con las palabras sí.
 
Los promotores del no en Colombia revelaron en estos días las refinadas técnicas de propaganda que emplearon para conseguir su propósito. En ciertas zonas alentaron la indignación; en otras, la necesidad de subsidios. En cada una buscaban inducir abstención o rechazo. Y lo lograron.
 
El procedimiento reina hace tiempo entre nosotros. Mañana se vota en el Senado una iniciativa de ley que destruye el derecho de huelga, pero se llama justicia laboral. Se denomina aún reforma educativa un dispositivo autoritario que nada tiene que ver con la educación. O se presenta como verdad histórica un infundio descomunal con el que se intenta tapar los crímenes de Ayotzinapa.
 
Los usos de la neolengua en Colombia, para influir en el plebiscito, o lo que rodea lo relativo a Ayotzinapa, para encubrir a los culpables y a los responsables en el gobierno y el Ejército, ilustran bien de qué se trata esta operación. Contra qué y contra quién estamos luchando… y cómo el lenguaje es también territorio que necesitamos defender ante las amenazas cumplidas de despojo.
 
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