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Escrito por Gustavo Esteva   
Lunes 07 de Noviembre de 2016 08:42
Causó revuelo impresionante el anuncio de la asamblea permanente del Congreso Nacional Indígena para consultar la propuesta que acordó en su quinto Congreso.
 
Ante todo, hizo evidente nuestro racismo. No fue novedad que lo exhibieran quienes lo despliegan regularmente, como el PAN, partido que nunca ha podido abandonar su tufo criollo y colonial. Pero no era evidente, y da vergüenza, entre quienes siguen proclamándose de izquierda. Mostraron un desprecio inusitado por los pueblos indios y un profundo desconocimiento de lo que son y han sido, y de lo que está pasando en el país.
 
No fue, infortunadamente, algún analista distraído o un reportero descuidado. Fue un caudal de personas que piensan que el Inegi sabe contar el número de indígenas (Bonfil se estará dando vueltas en su tumba) y que ignoraron la información sobre la propuesta. Denunciaron con descaro el complot malévolo y protagónico del mestizo que estaría manipulando a los pueblos indios. Prevalecía la impresión de que tal racismo caracterizaba a otros, como los vecinos del Norte, pero no existía entre nosotros. No podemos seguir cerrando los ojos ante esta desgracia.
 
Además de mentiras y distorsiones groseras, se descalificó la propuesta negándola. Se argumentó contra un fantasma que sólo existe en el espejo de quien descalificó… o para rescatar en la propuesta algo que pudiera llevar agua a su molino.
 
Con muchas variantes, la reacción redujo la propuesta a un ejercicio electorero para conquistar el gobierno del país: el CNI estaría consultando si conviene o no entrar a la carrera presidencial de 2018 para encabezar la máquina estatal. Como no es fácil pervertir la propuesta hasta ese punto, se exige al CNI que le dé ese carácter. Para persuadirlo, o para la simple descalificación, se practica algún juego de números que muestre que como está es o será una propuesta perdedora y estéril, además de dañina: dividiría a un animal muy extraño, una especie de alebrije, al que se sigue llamando la izquierda electoral. Algunos se animan a denunciar que afectaría la candidatura de AMLO, aunque éste declaró que no lo perjudicaría. Otros exigen que la propuesta se acomode a alguna forma de aquel animal mediante alianzas con otras fuerzas.
 
Es una definición de insania esperar que los mismos medios produzcan resultados diferentes. Merece análisis, como enfermedad social, la insania mostrada en esas reacciones. Es de naturaleza religiosa.
 
La reacción principal ha consistido en rezar ciertos dogmas democráticos: un conjunto de creencias que se mantienen contra toda experiencia y razón. El principal contiene una convicción circular: que el camino electoral es el único que permite hacerse cargo de los aparatos estatales y que éstos son indispensables para hacer lo que se requiere. Se reconoce inevitablemente que el camino electoral no es un ejercicio libre y limpio de la voluntad general, sino un espectáculo tortuoso, corrupto y manipulado. Pero se insiste, contra toda experiencia, que en 2018 ganará al fin algún candidato de la que se sigue llamando izquierda. Y se insiste, aún más, en que una vez conquistado el control de la máquina estatal se le hará bailar al son que el pueblo quiera. A veces se usa como exorcismo para evitar que se repitan los fracasos anteriores la identificación espuria de algún culpable de ellos.
 
El desencanto con el sistema despótico de representación que se sigue llamando democracia es universal. La frustración con elecciones en que la gente no puede realmente elegir es inmensa; un 80% de los estadunidenses sienten por su campaña actual un asco que los mexicanos conocemos bien. Tanto el desencanto como la frustración se basan en la experiencia. Cada vez es más evidente el carácter tramposo del procedimiento electoral. Aún más evidente es la imposibilidad de emplear la maquinaria estatal contra su naturaleza, o sea, usarla no para dominar y controlar, no para servir al capital, no a beneficio del 1%, sino para cambiar: para resistir el horror capitalista autoritario, detener el despojo y la destrucción ambiental, parar la guerra que se libra contra la gente y construir una nueva sociedad.
 
Sólo de esto se trata. A esto se refiere la propuesta que se está consultando. Se respira en ella un sentido de urgencia por lo que está pasando. Hasta donde podemos anticipar, definirá un camino alternativo, que combata la catastrófica experiencia de lo que se llama democracia y se apoye en la centenaria experiencia de otra forma de gobernarse, cuando el término recupera su sentido original y la gente común se ocupa de los asuntos de gobierno. Buscará desmantelar la maquinaria estatal opresiva y destructiva bajo la convicción, también basada en la experiencia, de que eso sólo se puede hacer desde abajo, organizadamente. Quienes se encaraman en ella no la desmantelan; sólo le cambian de forma, convencidos de que bastará modificar su orientación al manejarla. Y eso, en las circunstancias actuales, resulta no sólo insuficiente, sino contraproductivo.
 
La propuesta que emanará de la consulta indígena tendrá que considerar este aspecto del desafío: sacar de ese pantano religioso el debate público, para abordar lo que interesa explorar colectivamente ante los peligros extremos que nos acosan y acechan. Se trata de discutir serena y sensatamente los caminos alternativos que pueden abrirse a golpes de organización y dignidad, cuando se abandona el marco dominante de convicciones políticas e ideológicas, cada vez más entrampadas en el dogma.
 
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