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Somos gorditos PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Francisco Ortiz Pinchetti   
Lunes 21 de Noviembre de 2016 08:29
 
Hace casi un año me referí en este espacio a la cuantiosa aportación calórica de la guajolota en la dieta del mexicano. No faltó quien me acusara de defender con aviesos intereses a las empresas refresqueras y de denostar un alimento tan típicamente nuestro como la torta de tamal. Nada más alejado de mi intención. Estamos ante un problema demasiado serio para banalizarlo. Y angustia que las acciones emprendidas por el gobierno para abatir el sobrepeso y la obesidad, entre ellos el gravamen especial de un peso adicional a cada litro de refresco, han resultado un fracaso.
 
Tan es así que en un hecho inédito en la historia del país, justo en el Día Mundial contra la Diabetes, las autoridades sanitarias mexicanas emitieron el 15 de noviembre pasado dos declaratorias de emergencia sanitaria por diabetes y obesidad, debido al grave problema de salud pública que representan estos padecimientos en el país: 11.4 millones de personas padecen diabetes, mientras que siete cada 10 adultos sufren de sobrepeso u obesidad, y uno de cada tres niños presentan dichas enfermedades.
 
Ocurre que de acuerdo con especialistas en la materia la Estrategia Nacional para la Prevención y el Control del Sobrepeso, la Obesidad y la Diabetes lanzada por el Presidente Enrique peña Nieto el 31 de octubre de 2013, hace tres años ya, no mostró efectividad alguna. Esto, debido a “la falta de integración de la Secretaría de Salud con otras dependencias federales y a la escasez de campañas y programas dirigidos a prevenir y tratar esas enfermedades”, que atacan a todos los estratos sociales, a los ricos y a los pobres, a unos por su opulencia y a otros por su penuria.
 
Según información de SinEmbargo, el impuesto de un peso por litro a las bebidas endulzadas, que fue aprobado por el Congreso también en 2013 y que entró en vigor en 2014, provocó que los refresqueros disminuyeran sus ventas en alrededor de un 3.4 por ciento de enero a agosto de 2015, en comparación con el mismo periodo de hace dos años. Es decir, el consumo per cápita ha bajado de 109 litros anuales a 103 litros en dicho periodo, de acuerdo con datos del INEGI.
 
No obstante lo anterior, los índices de obesidad y diabetes entre la población mexicana aumentaron en ese mismo lapso. La Industria Refresquera Mexicana, avalada por la Canacintra y The Journal Nutrition, indica que apenas un 5.5 por ciento de la energía calórica en la dieta del mexicano proviene del consumo de bebidas azucaradas, por lo que su incidencia en el problema nutricional que afecta a nuestro país es secundaria, menor.
 
La estadística demuestra que el problema de salud que nos agobia tiene dimensiones gravísimas y que las medidas simplistas y hasta demagógicas para enfrentarlo nada más no funcionan. Atribuir una cuestión tan compleja como la obesidad y el sobrepeso a un sólo causante, como es el caso de las bebidas azucaradas, más bien contribuye a distorsionar los alcances de una enfermedad cada vez más extendida. El origen del problema, dicen los especialistas en Nutrición, es tan simple como esto: los mexicanos consumimos más calorías que las que quemamos.
 
Estamos por supuesto ante un fenómeno multifactorial, que involucra ingredientes genéticos de la población mexicana, altos índices de pobreza extrema, sedentarismo, insalubridad, una publicidad perversa y hábitos alimenticios inadecuados, muchos de ellos ancestrales. Activistas bien intencionados que merecen todo mi respeto abrazan con ardor una campaña para condenar a los refrescos y los llamados alimentos chatarra como causantes únicos y directos de esta epidemia, hoy reconocida como tal, y llaman a erradicarlos de la dieta de los modernos mexicas. Ojalá fuera tan sencillo.
 
Recuerdo el dato de que mientras una lada de Cocacola tiene 148 calorías y un Gansito Marinela 196, un tamal normal como el millón 200 mil que se venden todos los días sólo en las calles de la capital del país aporta 850 calorías. Si a esto sumamos las 100 calorías del bolillo y las 180 del infaltable atole, tenemos que cada guajolota aporta mil 130 calorías a la dieta de un adulto, cuya ingesta recomendada por la Organización Mundial de la Salud es de dos mil calorías diarias si es hombre y de mil 800 si es mujer. Por supuesto que no pretendo con esta referencia defender el consumo de refrescos ni condenar el de un alimento popular y barato como la torta de tamal. Me preocupa desmentir con datos duros afirmaciones sin fundamento que poco contribuyen a la solución de un problema mayúsculo y que en cambio lo distorsionan.
 
Y no me quedo sólo con los tamales. La dieta habitual del mexicano no es precisamente la más sana sobre todo cuando proviene del consumo callejero abundante en grasas y carbohidratos y pobre en fibra. La típica comida casera (o la llamada “comida corrida”) incluye generalmente una sopa de pasta, que según registros del Instituto Nacional del Consumidor con base en las tablas del Instituto Nacional de Ciencias Médicas y Nutrición Salvador Zubirán aporta 65 calorías; un plato de arroz (204), un guisado con carne (314), una ración de frijoles (382), un vaso de agua fresca (111) y un postre (149). Hay que agregar un promedio de seis tortillas de maíz por cabeza (306). En total, mil 520 calorías, sólo en una de las tres comidas del día.
 
El consumo callejero, al que recurren millones de personas en el país que no pueden por razones de trabajo, tiempo y recursos económicos ir a su casa para tomar sus alimentos, tiene índices pavorosos. Échele números. Una sola torta de jamón contiene 457 calorías y una de milanesa llega a las 530. Cada taco de carnitas, 220; uno de canasta, 129; uno de bistec, 270; una quesadilla frita, 814. Tres tacos dorados de pollo aportan 492. ¿Un hotdog?: 250. Una hamburguesa con queso proporciona 317. Una ración de chicharrón en salsa verde, 365… más las tortillas. Y el chesco.
 
A los mexicanos nos encantan las fritangas, las golosinas, los antojitos. Es la pura verdad. Comemos garnachas, sopes, tlacoyos, pastas, salchichas, pambazos, biscochos, embutidos, pizzas, harinas y más harinas. ¿Será posible modificar los hábitos de consumo de un pueblo sometido mayoritariamente, además, a graves carencias económicas y educativas? Seguramente no será mediante un nuevo impuesto de uno, dos ni tres pesos por botella de refresco como podamos modificar una tendencia histórica que hasta ahora parece irreversible. Lo peor, claro, sería conformarse con el argumento de no pocos resignados que afirman que, ni modo, somos gorditos por naturaleza. Válgame.
 
 
Última actualización el Lunes 21 de Noviembre de 2016 08:33
 

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