Con la presencia de Las Patronas, abren en Chihuahua la Casa del Migrante PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Patricia Mayorga/apro   
Lunes 28 de Noviembre de 2016 21:18
 
Chihuahua---Inspirados en el trabajo de Las Patronas, del sacerdote Alejandro Solalinde, jesuitas y vicentinos, un grupo de chihuahuenses creó la asociación Uno de Siete Migrando y abrió la Casa del Migrante para atender a los indocumentados que pasan por esta capital, en especial a los repatriados que enfrentan riesgos cuando cruzan la Sierra Tarahumara hacia Sonora o Sinaloa.
 
Con la presencia de Las Patronas y el cura Pedro Pantoja –de la Casa del Migrante de Saltillo–, además de activistas de derechos humanos locales y otros invitados, hoy se realizó la apertura de la Casa del Migrante, donde se ofrecerán talleres y oficios, y se planteará la idea de que migrar sólo sea una opción y no una necesidad.
 
“La primera opción es ofrecerles el albergue. Primero, sí será asistencialista, pero lo que buscamos es darles opciones para que no vean la migración como problema, sino como una situación o una oportunidad para quedarse aquí. No sólo queremos que cenen, duerman y se vayan para ver cómo les va en el desierto o en la sierra, sino que tengan más opciones, darles alternativa”, explica Jorge Alberto Pérez Cobos, presidente de la organización, quien en un par de ocasiones visitó a Las Patronas para conocer su trabajo.
 
Añade: “Somos un país y un estado de paso. En Chihuahua llegan muchos de retorno, repatriados, y queremos apoyar a que quienes quieran sean actores productivos, que cambien su realidad, darles preparación, relaciones para que se empleen, capacitación o impulso en lo que saben hacer. Y, claro, que se bañen, alimenten, y sigan si así lo quieren”.
 
Precisa que al llegar al norte del país, los migrantes ya han vivido de todo: “Traen historias muy fuertes y cansancio, buscan cruzar de nuevo”, o algunos quieren llegar a Sonora o Sinaloa para trabajar en la pizca de camarón.
 
“Los que llegan aquí vienen deportados de Ciudad Acuña, Coahuila o Nuevo Laredo, quieren volver a subir para intentar o para ir a trabajar a otros estados. Algunos saben que aquí hay un poco más de trabajo en la pizca en Cuauhtémoc o en Delicias y buscan quedarse, pero también muchos conocen que en Chihuahua hay lugares más baratos para cruzar, como mochileros por Palomas o por Ojinaga”, señala a su vez María Goretti Espíndola de la Vega, quien trabajó como voluntaria durante nueve meses en albergues de Oaxaca con el sacerdote Alejandro Solalinde.
 
Destaca que a esta ciudad no se le visualizaba en migraciones, porque la mayoría de las personas que intentan cruzar hacia Estados Unidos lo hacen a través de coyotes, pero hay un importante flujo, principalmente de hombres de entre 15 y 35 años de edad, que huyen de sus países por la violencia y falta de oportunidades económicas.
 
Previo a su constitución, la asociación apoyó hace un año a dos migrantes que denunciaron su reclusión en la estación Julio Ornelas del municipio de Guazapares, en la Sierra Tarahumara, y fueron obligados a caminar por horas hasta llegar a unos campamentos de cultivo de mariguana, donde fueron esclavizados por uno y dos meses, respectivamente, hasta que lograron escapar. La denuncia fue congelada en el sexenio anterior, y aún se desconoce el estado en que se encuentra.
 
En la ciudad hay varios puntos donde se concentran los migrantes, pero principalmente lo hacen debajo de un puente al sur de la capital. Durante tres años han acudido a ese lugar grupos de cristianos y católicos, para llevarles noche a noche, burritos y café.
 
Un migrante muestra una fotografía en Chihuahua. Foto: Especial
 
Silenciosa perseverancia
 
“Un día, el padre Roberto Perea Martínez (vicentino) me dijo que preparara unos burritos porque había unos migrantes pasando la noche abajo de un puente. Comenzamos a ir los sábados, se nos hizo costumbre. Luego supimos que también iba Lauro, que era compañero de la parroquia, y así empezamos a hacer una red con el padre”, recuerda Patricia Ríos, integrante de Uno de Siete Migrando.
 
Eran integrantes de la parroquia del Señor de los Guerreros, y Lauro trabajaba en una fábrica de pisos y azulejos que se encuentra a un lado del puente donde los migrantes se refugian y atajan el frío congelante del invierno. Cuando terminaba su jornada laboral, le extrañaba ver a hombres sentados o “hechos bola” en las banquetas del puente. Un día se acercó y conoció su situación. Al siguiente día, antes partir para el trabajo, le pidió a su esposa que le pusiera más alimentos en su lonche, pero poco a poco la mujer tenía que hacer más.
 
Patricia Ríos también sumó voluntarios. “Antes sólo llevábamos 12 burritos, pero luego la afluencia fue mucho más. Yo creo que corrieron la voz y eran poquitos. Corrieron la voz y ya íbamos los miércoles y sábado. El padre se fue de la parroquia y nosotros le seguimos. Le decía al padre que íbamos a hacer una asociación civil para ayudarles más, me decían que era muy caro, pero no desistimos”, relata.
 
Prosigue: “Cada vez se sumaban, se involucraban y se animaban más. Luego hice una página en Facebook que se llamaba Amigos del tren y contacté a unas personas de San Luis que apoyaban a migrantes. Vinieron a Chihuahua a una boda y quedamos de conocernos, me presentaron a otros amigos que también iban a las vías los viernes, son cristianos. El grupo empezó a ser más grande y quedamos en que se iban a dividir para ir también los lunes. Cada vez ha llegado más gente que quiere ayudar, ya tenemos cubierta toda la semana”.
 
En julio del año pasado, luego de visitar a Las Patronas y buscar una causa social para trabajar, Jorge Pérez Cobos recorrió las vías en busca de migrantes, hasta que encontró el puente, donde cada vez se concentraban más. Tardó varios días en saber que el grupo de activistas de los miércoles y sábados iba en las noches, pero cuando los conoció, se sumó a la actividad con la propuesta de crear una asociación civil para abrir un albergue.
 
En el camino conocieron también a Goretti Espíndola, quien acababa de regresar de Oaxaca, con la intención de trabajar con los migrantes de su ciudad.
 
Durante un año y medio se han preparado de manera más intensa para atender a los migrantes, y ver y vencer los riesgos.
“En el lugar luego llevan mucha droga, pero nos respetan mucho, hasta nos cuidan. Nunca he tenido un problema ni miedo. Aquí llegan muchos deportados o que van a cruzar. Vienen de Honduras, Guatemala, Belice, El Salvador, muchos de nuestro país. Casi no pasan niños ni mujeres. Me ha tocado ver unos 10 niños en los tres años y muy pocas mujeres. Los hombres vienen huyendo de las mafias de sus países, de la falta de trabajo. Algunos regresan a las vías cuando no pueden pasar, pero son pocos y nos da mucho gusto volverlos a encontrar. Yo ya no puedo estar sin ir, es como una familia. Este albergue es un sueño de muchos años, de varias personas”, relata Patricia Ríos.
 
Y Goretti Espíndola comenta que el flujo de migrantes es variado cada noche, pero incrementa entre febrero y agosto. En una noche han llegado hasta 60.
 
“Hay algunos que llegan también de Torreón por otros medios, en tráiler, por ejemplo, que buscan trabajo en Sonora, en Sinaloa, y mucha gente se queda trabajando en Delicias o en Cuauhtémoc. El principal riesgo para quienes suben al tren hacia Sinaloa es el frío en invierno, porque se pueden morir de hipotermia o también que los bajen en la Sierra Tarahumara para obligarlos a sembrar droga”.
 
De acuerdo con Pérez Cobos, quienes hace un año llegaban al puente eran, además de migrantes, personas en situación de calle y muchos se habían instalado de manera permanente. Había un grupo que incluso vendía droga o enganchaba a algunos para trabajos ilícitos, ya que el fenómeno de migración no era visible ante la ciudadanía.
 
Los mismos migrantes les platicaban que en sus viajes por el tren se encontraban a personas que les “ayudaban”, es decir, les daban droga para vender y veían el negocio con buenos ojos, lo que representaba un problema fuerte para ellos mismos. “Era un peligro llegar ahí porque eran presos o eran coptados, los iban metiendo o les vendían droga. Varios se quedaban ahí. Era mucha gente la que llegaba, algunos en camionetas. Hubo migrantes que nos llegaban a pedir un churro. La idea es darles una opción más como sociedad”.
 
Pérez Cobos sostiene que la situación empezó a cambiar a partir de que se empezó a visilibilizar la situación de migrantes en Chihuahua. “Ahora hay más presencia policiaca y de otros voluntarios”. Tenía ciertos matices: algunos sí traían droga y era como un centro de operación, pero ahora ya es más limpio, no hay tanta gente organizada para delinquir. Fue mucha la presencia de la policía”.
 
Asegura que el ambiente ha cambiado y hay algunos “que van agandallando apoyos. Hemos necesitado organizarnos mejor para detectar las necesidades reales”.
 
Subraya que se ha incrementado el número de grupos que van a ayudar y en ocasiones hay mucha comida y también personas que llegan a acumular cobijas y que no son migrantes. “De ser un grupo olvidado, ahora se requiere mejor organización. La ciudadanía ya empieza a hablar del tema y afortunadamente son más los que lo ven bien y apoyan”.
 
Como organización se han capacitado con especialistas en migración traído a esta ciudad, pero también han acudido a Juárez, Saltillo o a la Ciudad de México, y han ido a la Sierra Tarahumara para conocer más el recorrido y problemática que enfrentan los migrantes en la región.
 
“Sin el equipo no hubiéramos podido impulsar el proyecto. ‘Uno de Siete Migrando’ está en la red de organizaciones que apoyan migrantes. Aunque ahora actuamos con el corazón, es un proyecto que hacemos con amor y también lo hacemos desde la razón. Al principio no sabíamos y batallábamos más. Hemos adquirido un poco más de experiencia en la atención en las vías. En lo personal me sirvió la experiencia en otros albergues porque te da la pauta para tener trato con ellos, para saber que cada persona trae cargas fuertes. Hay que tratarlos, atenderlos y soltarlos, porque si no, nos afectamos”, apunta Espíndola de la Vega.
 
“Trabajar con fe y práctica”
 
Las instalaciones de la Casa del Migrante fueron otorgadas en comodato, gracias a las gestiones de los integrantes de la asociación. El primer paso fue hablar con los vecinos de la colonia Revolución, al norte de la ciudad, donde se ubica.
 
El lugar era un gimnasio cuya construcción fue impulsada por los jesuitas que vivieron durante diez años en la parroquia, en la década de los 80. Hace diez años dejaron la Diócesis y un patronato se hizo cargo por cinco años. Desde hace cinco, las instalaciones estaban abandonadas.
 
Carmen Carvalla Martínez, de 70 años, una de las fundadoras de la colonia Revolución, recuerda que cuando estaban los jesuitas, ella ayudó a buscar un terreno para construir el gimnasio. “El objetivo era tener una cancha para los niños, porque todo era desierto hace muchos años. Anduvimos gestionando en estas comisiones para hacer la iglesia, hacer la cancha con los jesuitas”.
 
Las religiosas y los jesuitas, añade, trabajaron en conjunto, pero ellos fueron retirados de la Diócesis y se vino abajo. “Ya no supe por qué se fueron los del patronato, porque tuve otras actividades en la casa. Después ya no me pude integrar porque cambiaron las cosas, vinieron otros sacerdotes con ideología de trabajar distinta. Los jesuitas tenían una ideología de fe y práctica, pero hoy en día no se hace eso, dedican más tiempo a rezar que a lo social, a la problemática. Es bueno, pero se requiere también hacer política social”, puntualiza la mujer.
 
Carvalla Martínez se dedica a elaborar medicina natural, microdosis, jarabe y jabones para enfermedades respiratorias, que aprendió con los jesuitas y religiosas.
 
“(Los activistas) Me fueron jalando y dije: ‘aquí me voy a quedar. Ya vi cómo es el trabajo, voy a seguir donde está la necesidad. Ya he ido al puente, a los eventos”, dice.
 
Sobre la Casa del Migrante, María Goretti Espíndola precisa que es el sueño de todos. “Un día lo soñaste y al otro día ya estaba ahí. Es el trabajo de mucha gente y ahora el reto es trabajar en la relación de la ciudadanía con el migrante y empezar a hacer los proyectos productivos, hacer conciencia en la ciudadanía”.
 
Claudia Díaz, quien también forma parte de la asociación, dio a conocer que hoy esta tarde inaugurarían la Casa del Migrante con dos integrantes de Las Patronas y el padre Pantoja, para posteriormente ofrecer un concierto con La Muna, cantante que interpreta temas sobre migración.
 
Mañana realizarán un conservatorio sobre el tema en la Universidad La Salle y por la tarde proyectarán el documental Las Patronas.
Última actualización el Lunes 28 de Noviembre de 2016 21:30