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Misoginia y cobardía cotidiana PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Ernesto Camou Healy   
Martes 20 de Diciembre de 2016 10:26
 
El ataque estúpido y cobarde en contra de Ana Gabriela Guevara es solamente uno de tantos que tienen lugar, día a día, en toda la geografía mexicana. Ahora le tocó a ella: Atleta consumada, medallista olímpica, senadora de la República e ícono reconocible por la mayor parte de la sociedad. Tales atributos no incrementan el daño ni la gravedad de la falta, pero sí la hacen más visible, transforman un episodio de violencia misógina en una señal de alarma que tiene el potencial de conocerse más allá del círculo de allegados de la víctima de la violencia.
 
Porque en esta sociedad, agresiones como la que sufrió nuestra coterránea suceden con demasiada frecuencia y muchas veces con consecuencias fatales. Es de suponer que si la embestida de los
 
energúmenos no hubiera sido en una vía pública muy transitada, la golpiza hubiera sido llevada al extremo y bien podría considerarse como un intento de homicidio. La conclusión de que no es un delito que merezca prisión y que los atacantes podrán ser enjuiciados en libertad, parece demasiado benigna y quizá irresponsable.
 
Sorprende la virulencia de los ataques y comentarios dolosos, cobardes y abiertamente adversos contra el género femenino que han circulado por las redes sociales. Que a una dama se le ofenda violentamente, por una pandilla de pusilánimes, y que luego otra caterva de patanes, descerebrados y sin pundonor, que se esconden en las tinieblas del Internet, aprovechen para burlarse e insultar a la misma mujer, apunta a un serio defecto de carácter de muchos machitos sin los atributos suficientes para dar la cara y mostrar su ignominia de frente y de cuerpo entero.
 
Lo escalofriante es que sucesos como éste son apenas una porción mínima, aquellos de los que tenemos cierta conciencia, de la infinidad de agresiones vigentes, culturalmente aceptadas y descalificadoras en contra de las mujeres, aquí y en el mundo entero y resulta imperativo que vayamos teniendo conciencia de su magnitud.
 
Porque en nuestro medio, y con honrosas excepciones, a las mujeres se las educa para que ocupen una posición subordinada frente a los varones. En muchos hogares a las niñas se les pide que colaboren en labores domésticas que no realizan sus hermanitos; se les enseña a cocinar y tener la casa ordenada, lo cual es bueno, pero no se espera lo mismo de los varoncitos, que son el objeto de los cuidados de madre y hermanas, igual que con el padre. A las jovencitas se les cuida su integridad física y a los muchachos se les concede una cierta manga ancha en su incipiente actividad sexual. Tal disparidad apunta a sujeción y subordinación de las mujeres al género opuesto, bajo el disfraz de cuidados, quizá cariñosos, pero no menos
 
férreos.
 
Eventos aceptados como “pedir a la novia” cuando una pareja decide casarse, subrayan simbólicamente la sujeción de las chicas al señor de la casa y niegan su autonomía y su libertad, mientras que los varones no necesitan la aprobación formal de sus progenitores para matrimoniarse. En la misma boda, que
 
el padre “entregue” a la hija, implica en el plano alegórico, conceder
 
al novio, la subordinación de su esposa: Pasa de la sujeción paterna a la marital.
 
Para muchos resulta cuesta arriba que una dama bien cualificada ocupe puestos de trabajo de mayor responsabilidad, y eso suele generar actitudes y puyas cargadas de violencia reprimida; pero en bastantes casos la ira surge de golpe y la agresión se torna física: Después de largos periodos de frustración de individuos que se sienten castrados, pasan al insulto, la golpiza y llegan al asesinato, como sucede diariamente con la ola de feminicidios de los que tenemos conciencia hace relativamente poco tiempo.
 
El ataque a Ana Gabriela es deplorable y es un indicador de la urgencia que tenemos de conocer y cambiar conductas y códigos culturales añejos, denigrantes y amenazantes para la vida de nuestras compañeras, hijas, amigas, madres y hermanas.
 

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