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Cuaresma PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Ernesto Camou Healy   
Lunes 06 de Marzo de 2017 00:00
El pasado miércoles fue de ceniza. El inicio de la Cuaresma, esa porción del año litúrgico orientada a reflexionar y tener cierta austeridad en preparación para el evento más importante del año: La Pascua de la Resurrección.
 
De niños era casi un imperativo ir a recibir la ceniza. Hacíamos cola en Catedral para que el padre Rangel o el divertido padre Cornídez o algún otro sacerdote, nos marcara la frente con una mancha cenicienta, prueba fehaciente de haber cumplido con el ritual. Si se nos borraba, corríamos el peligro de que nos mandaran de vuelta a repetir el protocolo. Con la frente manchada nos dirigíamos a la escuela, acompañados de una pequeña multitud, todos recién señalados, una especie de rebaño piadoso.
 
La Cuaresma suponía ciertas molestias: Estaba ya en secundaria cuando tuvimos televisión en Hermosillo y había algunos y algunas, cuya opinión era que durante los 40 días de expiación no se debería ni ir al cine ni tampoco ver la tele, que “era como un cinito casero”. Tenía uno que tener retórica de jurista para convencer a la mamá de que no tenía nada malo ver I Love Lucy, o al Chino Herrera, en el interior del hogar. Ir al cine era, sin duda, causa perdida.
 
En el catecismo nos presionaban para cumplir con el deber de la penitencia: Una manera de mortificarse, decían, era no tomar sodas ni panes de dulce o golosinas, por todo el mes… en pocas palabras, nos prescribían a dejar de beber Misión de Naranja, o Pepsi, y no comer los cochitos que vendía don Ceferino, allá en el Centenario. ¡Ni siquiera una sodita de La Imperial nos permitían!
 
Muy pronto me di cuenta que tal penitencia resultaba contraproducente: Se me acentuaban las ganas del refresco y el apetito por los marranitos o unas hojaldras, las “campechanas”, de preferencia. Y recaía al grado que en Cuaresma podía subir más kilos que en el resto del año, por las veces que rompía la manda impuesta por la señorita Arriola. Afortunadamente tuve una seria limitante: Lo que me daban a la semana no alcanzaba para tanta agua azucarada, por otra parte, mi madre, siempre sensata, me dijo que más que andar sufriendo, debía uno esforzarse por hacer bien lo de todos los días… y que no me preocupara por las promesas impuestas por la bien intencionada preceptora.
 
Eso me concedió un respiro y una enseñanza que me ha durado toda la vida: Las decisiones, si no son de uno, no cuentan… y no tenemos por qué andar tomando cargas ajenas, si no hay una razón de peso, como ayudar al que anda pasando las de Caín; pero la asistencia debe orientarse a que retome el paso y no necesite andaderas. Y que las penitencias y austeridades de gratis ni son mucho mérito ni resultan gratificantes, sobre todo si no hay una cierta coherencia vital con el compromiso de una fe, que poco entendíamos y que, ahora lo veo, tampoco le era muy claro a tales instructores.
 
Durante aquellos días se nos imponía sin excusa otra obligación: La parroquia organizaba cada año semanas de “ejercicios” cuaresmales para niños, jóvenes y muchachas, para señores y otros para señoras. De algún lado arribaba un santo varón que nos predicaba, una semana a los chamacos, la siguiente a la juventud, enseguida a los señores que lograban juntar, para terminar con el ejercicio de exhortar al bien, otra semana más, a las damas del barrio. Por al menos seis días debíamos acudir, a las 6:00 de la tarde en punto, a Catedral, estar quietos, atentos y portarnos “como caballeritos”, para escuchar descripciones minuciosas de las penas que nos aguardaban si contraveníamos alguno de los mandamientos, tanto los de la ley de Dios como los de la Iglesia.
 
Pero todo lo aguantábamos, resignados y expectantes, porque en breve tiempo, unas semanas a lo máximo, vendría la Semana Santa.
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Ernesto Camou Healy es doctor en Ciencias Sociales, maestro en Antropología Social y licenciado en Filosofía; investigador del CIAD, A.C. de Hermosillo.
Última actualización el Jueves 09 de Marzo de 2017 14:08
 

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