Marichuy: Un viento fresco

Ernesto Camou Healy - avatar Ernesto Camou Healy18 Ago 2017 Hits:5

72 años

Lilia Cisneros Luján - avatar Lilia Cisneros Luján16 Ago 2017 Hits:10

Indigenizarse

 Gustavo Esteva - avatar Gustavo Esteva14 Ago 2017 Hits:11

Jaime va a la guerra

Hermann Bellinghausen - avatar Hermann Bellinghausen14 Ago 2017 Hits:10

El Pétain mexicano

John M. Ackerman - avatar John M. Ackerman14 Ago 2017 Hits:10

La “democracia” de los sinvergüenzas

Leonardo Boff - avatar Leonardo Boff14 Ago 2017 Hits:13

Miroslava PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Jaime García Chávez   
Domingo 26 de Marzo de 2017 00:00
 
El gran problema de nuestra sociedad y sus ciudadanos es que ignoramos dónde estamos. Que todo es posible, como lo dijo el clásico. Quizás en el futuro el feminicidio de Miroslava Breach Velducea dé materia más que suficiente para una novela policiaca al estilo de las geniales del siciliano Leonardo Siascia. En ellas se cruzan y entretejen los temas de la delincuencia y la política, el poder y el gobierno, los códigos de quienes son protagonistas en esas esferas y, a lo sumo, el precario papel que juega el derecho en todo esto, porque la justicia se agotó. Es probable que sea este género el que nos evidencie lo que nos acontece, más que los sesudos informes que luego se realizan para explicar fenómenos encriptados, a los cuales sólo nos podemos asomar desde perspectivas netamente conjeturales.
 
Este ejercicio, nada infrecuente en el periodismo, nos coloca de manera magistral ante las agotadas posibilidades que le quedan a la justicia en una sociedad como la mexicana actual. El condenable crimen se advierte dictado por una práctica sofisticada de lo que es el dolo, la premeditación calculada en todos sus extremos. Puede ser que el autor material ni siquiera sepa el proyecto de profundo odio que alienta al que intelectualmente decidió cegar una vida que se distinguió por el ejercicio libre de una profesión de alto riesgo y muerte: el periodismo. Puede ser, incluso, que la selección de la víctima sea un medio más del que se vale el criminal para pegar en otra parte, al igual que el que con destreza superlativa realiza una carambola de tres o más bandas. Que esto tiene tintes de especulación, no lo pongo en duda, porque pienso que problematizar el suceso apuntala la posibilidad de que veamos más a fondo las estructuras sociales y políticas que tenemos y el rol cada vez mayor que la delincuencia juega dentro de ellas.
 
Vivimos en una sociedad y un estado en franca descomposición. Estamos en las fronteras del naufragio, y en buena medida carentes de alternativas, porque los ciudadanos están ausentes de una participación consistente. Para que permanezcan en una indolencia inducida, se mata y se quita de enmedio a figuras relevantes de la sociedad, para infundir un gran miedo, que precede al pánico social; por tanto, al paralizar a una comunidad, se le hace presa de las peores alternativas que aparecen como soluciones de fondo, que no van a otro puerto que no sea el del autoritarismo extremo, el despotismo, la tiranía y la dictadura. Al fin y al cabo que la política en el país se ha emprendido desde la óptica de proyectos de poder muy agudos, para destruir lo que existe sin aportar un proyecto sustentable para una etapa de auténtico desarrollo político y humano. Podría pensarse que este pensamiento es conservador y aun extraño a mi propio pensamiento, por aquellos pocos que me conocen. No es ese el propósito. Examinando otras experiencias dolorosas, debemos hacernos cargo de las tendencias que se mueven, sus limitaciones y los riesgos que estamos corriendo todos. En ese mar de confusión, acontecen crímenes como el de Breach Velducea. En otras palabras: aprieta aquí para que aflojen más allá.
 
Aquí hemos llegado luego de que la transición democrática mexicana se coaguló en una partidocracia que da vergüenza, pero que también causa escalofrío. El PRD es un ejemplo lacerante de todo esto: un partido que empezó lanzándose como aparato instrumental de la sociedad y para la democracia, y que zozobró al influjo de bandas que se dedicaron a vivir del botín. Pero no es, probablemente, el mejor ejemplo a poner. El PRI, al no haber sido liquidado históricamente a un golpe certero de la transición, se ha convertido en la base de sustento que más contribuye a la descomposición política de México. Hoy el PRI, rumbo a la elección de 2018, sabe que no tiene con qué jugar; se reconoce derrotado, inviable políticamente. Pero tiene en su seno la reserva suficiente para hacer daño, y lo está haciendo, a ciencia y paciencia. Me pregunto qué se puede esperar de un partido que aquilata en su cuerpo el más alto desgaste, el más absoluto desprestigio de la irresponsabilidad, de la corrupción y la impunidad; nada que no sea una crisis mayor para el país. Lo que ha perdido lo compensa con una clase política movida por el odio, el rencor y la revancha, y en este tono, política y delincuencia se amalgaman de tal manera que no sabemos qué es una y otra cosa. Los priístas son los soldados alemanes que resultaron derrotados en la Primera Guerra Mundial, que prohijaron el movimiento de los nazis matones y a su tiempo también fueron eliminados hasta por razones eugenésicas.
 
A su vez, un partido de raigambre democrática, opositor, con sentido de bregar eternamente en esa dirección, muy pronto se empachó con el poder y produjo al mismo tiempo una clase política con la misma cultura del poder, largamente anclada entre nosotros y para nuestra desgracia. El PAN llega al poder, incluida la mítica Presidencia de la república, para continuar las mismas prácticas, para preservar los esquemas de la anquilosada burocracia, para decidir desde una logia lo que mejor conviene a sus intereses y sin un proyecto de fondo para la renovación de las instituciones, porque mal ocupan un cargo, ya se disponen a eternizarse en él; y más grave aún, cuando su proyecto económico no es otro que el impuesto a México desde los tiempos de Miguel De la Madrid y Carlos Salinas.
 
En ese contexto, no resulta extraño que tanto priístas como panistas se empeñen ahora en sacar adelante un esquema de seguridad interior que legalice la presencia del Ejército en el combate a la delincuencia y que de manera inobjetable forma parte del ámbito de un Estado con sus propios brazos civiles. Reconocidas voces de científicos sociales y juristas han concluido que el papel asignado a las fuerzas armadas a partir del calderonismo fue un fracaso superlativo, y que ahora se quiere institucionalizar en demérito del histórico sentido que viene desde 1857 y que da al Ejército un papel específico y, cambiando lo que haya que cambiar, con las mismas razones esenciales, desde el siglo XIX hasta nuestros días. Pero no solo. Es ostensible que el Ejército ya fracasó y que en este renglón el Estado falló y estamos en una delicada circunstancia en el que la barbarie y la negligencia en la aplicación de los derechos humanos han ocupado el sitio que correspondería a un auténtico Estado. La muerte trágica de Miroslava 
Breach Velducea tiene este telón de fondo, y quienes nos cimbramos con su deceso, no somos simples espectadores en el drama: estamos dentro del drama y no tenemos plena conciencia de que hemos llegado a un sitio límite en el que todo es posible. Y vaya si lo es, cuando el derecho fundamental a la vida es el que primero se agrede, para escarmiento de todos.
 
Porque este crimen nos lo dice: en tierra de feminicidio, se agrede fatalmente a una mujer; en un solar en el que tradicionalmente no se ha respetado la libertad de expresión y el ejercicio de la crítica, se mata a una periodista. Y para que no quede duda, el criminal fue a cumplir rigurosamente la tarea para que todos lo entendamos a partir de una pedagogía del infierno: certeros disparos a la cabeza, el escandaloso dolor que provoca saber que un niño, su hijo, es testigo de un hecho que seguramente permanecerá imborrable; para que la sociedad tome nota, la “ejecución” es pública, acontece en la calle y el criminal se pierde en el tejido malhecho de una ciudad construida sin sentido al urbanismo democrático. Y como colofón, lo de siempre: llegan los cuerpos periciales, precintan la escena del crimen, colocan sus siniestros conos naranja, el cuerpo inerte se traslada a la morgue… y aquí no ha pasado nada.
 
Para que esto continúe, la secresía es el ingrediente que destruye al derecho. Es el secreto que da poder a quienes tienen poder, ya como políticos, ya como delincuentes. No será una espiral infinita, se detendrá en un momento y entonces es posible que nos encontremos más atrás de donde empezamos a cambiar a México.
 
Remar a contracorriente de ese círculo de un infierno dantesco, es el reto que nos deja una vida fecunda: la de Miroslava Breach Velducea. Ojalá.
Última actualización el Martes 28 de Marzo de 2017 21:26
 

Agregue su comentario

Tu Nombre:
Tu email:
Asunto:
Comentario: