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Ni malos modos, ni malas caras PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Ernesto Camou Healy   
Lunes 01 de Mayo de 2017 12:16
Donald Trump ya llegó a los 100 días de Gobierno y su arribo ha sido uno de los más desastrosos en popularidad, efectividad y cumplimiento de sus putativas promesas de campaña. Digo putativas, porque él las enunció, pero todo apunta a que mentía y no tenía, al parecer, intención alguna de cumplirlas.
 
Llega a esta mítica meta en la que se supone tiene una suerte de capital político acumulado que le permite impulsar sus objetivos y promesas, con la menor calificación en la historia. Tiene apenas un 43% de aprobación, Obama tenía 60% en el mismo centenar de jornadas, y acumula también, varias derrotas de peso en sus intentonas, la más evidente: La incapacidad para repeler la ley de seguridad social y médica llamada “Obamacare”.
 
Impresiona su obstinación para negar la realidad e instalarse en un universo paralelo en el que todo marcha maravillosamente bien, y el único estorbo que reconoce es la prensa que se encarga de difundir, lo que él llama, “noticias falsas”, adjetivo que endilga a toda aquella opinión, hecho, suceso o acontecimiento que no se ajusta a su peculiar modo de interpretar su entorno.
 
No sólo no ha podido destrozar uno de los máximos logros de su antecesor y dejar desprotegida a una mayoría de su población, sino que su administración está sumida en un escándalo mayúsculo, el que tiene que ver con que varios de sus colaboradores estuvieron muy cerca de algunos sectores del Gobierno ruso, e incluso recibieron pagos muy cuantiosos,y está en proceso una investigación para averiguar cuánto sabía él y su campaña, sobre la intervención de “hackers” rusos en el proceso electoral y que lograron dejar mal a su rival, Hillary Clinton.
 
El escándalo es tremendo, porque si se prueba que algunos de ellos consintieron y aceptaron esa “ayuda” rusa, se les puede acusar de traición. En esta tesitura, es probable que la belicosidad que Trump ha mostrado contra Siria, Corea o Afganistán, esté motivada por la necesidad de abrir otro foco de atención para los noticieros y lograr que se olviden de su posible complicidad con aquel viejo enemigo de los Estados Unidos.
 
Que haya un sector que sospeche que es capaz de enviar tropas a matar y morir para salvar su imagen estrambótica y anaranjada, es un indicador de lo bajo e irresponsable a que, buena parte de la comunidad pensante del vecino país, lo cree capaz de descender; no sobra decir que si hay algo de razón, se trata entonces de un sicópata desquiciado que no duda en asesinar para salvar su pellejo político.
 
El caso es que el tipo está acostumbrado a insultar para lograr sus objetivos. Y un ultraje reiterado durante su campaña, y ya en la Casa Blanca también, ha sido en contra los mexicanos. Nos ha llamado malos hombres, violadores, ladrones, deshonestos, criminales y contrabandistas de drogas… y eso, mister Trump, enchila: Los mexicanos que viven allende la frontera son, en promedio, mucho mejor portados que los propios ciudadanos por más que algunos sean güeritos, que no es garantía ni de capacidad ni tampoco de honestidad, como tu rubia pelambre lo atestigua.
 
Por lo pronto nos hemos dedicado a hacer piñatas con su efigie y nos dedicamos a romperle alegremente el trasero en muchas fiestas infantiles por todo el territorio nacional; pero eso no es suficiente y los habitantes de la frontera hemos llegado a una casi unanimidad en el sentido de no visitar sus pueblos, y menos sus “malls” mientras permanezca en el puesto. Ya están sufriendo los comercios desde Brownsville y hasta San Diego, y ahora ellos deben quejarse y meter al orden al picapleitos abusón, que mientras no le pongan un bozal o lo manden a freír espárragos allá con su mamacita, no estamos muy dispuestos a reanudar esas relaciones comerciales que hemos mantenido desde antiguo, que no tenemos que andar aguantando ni malos modos ni malas caras.
 
 

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