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Lilia Cisneros
Escrito por Lilia Cisneros Luján   
Martes 16 de Mayo de 2017 13:11
Insistir en una campaña pseudo revolucionaria, en la que se resalta el “enseñar a pensar sobre el memorizar” en un contexto de niños “índigo”, nacidos con un chip que los hace extraordinarios e incluso en la revelación por décadas ignorada que nuestro México es uno de los reconocidos con mayor población de infantes superdotados[1], es el elemento que rodea a una celebración más del día del maestro.
 
Asegurar a todos un igual acceso educativo, con la posibilidad de investigar e intercambiar ideas en un mundo cuyos desafíos tecnológicos cambian de un día a otro, en un entorno de desigualdades cada día más pronunciadas y de exclusiones laborales que dejan a los educandos sin real interacción familiar, es otra de las desventajas que afronta un individuo decidido a enseñar. ¿De verdad se extinguieron por obra de la “corrupción” maestros, como aquellos que fueron factor fundamental en la secundaria lidiando con la adolescencia de inicios de los 60? Quien hoy escribe recuerda como nos dedicaban horas extraordinarias si había algún concepto no comprendido. Reconozco la importancia de una maestra de literatura, que nos involucraba en concursos de poesía, declamación y oratoria, en justas no oficiales que nos ayudaron a vencer el miedo escénico; una más que ante la falta de patios para los deportes, gestionó motu propio, la utilización de espacios en una instalación del IMSS, cercana a la secundaria 24 y por supuesto a maestras de corte y confección o de cocina, que suplían la falta de recursos con hilos agujas y materia prima adquirido por ella y distribuido entre las que no podían llevar sus materiales.
 
Ellos al igual que muchos del siglo XXI, supieron afrontar un sinnúmero de desafíos, presupuestarios y políticos. Los maestros rurales de entonces, se movían entre la violencia del no pago oportuno, las instalaciones destartaladas, la falta de facilidades para el traslado, la deserción escolar –por hambre o necesidad de iniciar la vida laborar en etapas tempranas- e incluso la discriminación por cuestiones de género. Es la docencia quizá una de las actividades que más permitió en su momento -en las primeras etapas del siglo pasado- posibilidades de desarrollo a las mujeres. Ir a formarse en la normal de maestros  era a finales de los 50, la mayor ilusión de una joven que veía en esta opción algo más trascendente que las escuelas comerciales de donde salían secretarias o contadoras técnicas denominadas privada. ¿Qué factores llevaron a la degradación de las escuelas normales? ¿Sería el comunismo, la infiltración del crimen organizado o la simple y perversa percepción de que las mentes jóvenes pueden llevarse como carne de cañón a luchas gremiales o electorales?
 
Como esto es el mundo y no el paraíso, no faltaron “ocurrencias” como elevar el grado sindical mediante mejoras académicas de los docentes mediante “escuelas de pedagogía” y les ocurrió como a las auxiliares y técnicas de enfermería que por ser licenciadas han dejado el campo de la atención al paciente[2] en personas no calificadas para la este importante sector de la salud.
 
La mayor calificación de los profesores de entonces no eran exámenes impersonales en computadora, ni el obligado paso por la licenciatura, sino su propia auto-evaluación. Hoy por cuestiones injustificadas los maestros se han convertido en blanco de crítica, opinión mordaz e incluso falta de respeto por padres, autoridades y medios de comunicación, quienes en la equívoca interpretación de los derechos humanos, pretenden atarles la manos aún frente a potenciales criminales golpeadores, agresores y violadores -físicos y psicológicos- de compañeros en riesgo de suicidarse y odiar el estudio.
 
En un mundo globalizado, que ha hecho del dinero y la ganancia la única prueba del éxito convirtiendo en producto a las personas –por la explotación laboral, bélica y sexual- y en materia de consumo a la educación[3]  entender que educar va mucho allá de la utilización de técnicas conductuales como las aplicadas a animales domesticados sentenciados a esperar que les provean de alimento pues han perdido su capacidad biológica de buscar la comida.
 
Este 15 de mayo, el maestro enfrenta el reto de enseñar a una humanidad, presa en la incredulidad; domesticada –sin la posibilidad de elegir cuando a que hora y donde comer; con espacios reducidos a menos de 50 metros para vivir; y la amenaza de ser castigado si se atreve a considerar que hay alternativas  al ser o hacer que su propio instinto les marca ¿Por qué se condena a maestros –jubilados y otros apenas con la limosna de una tarjeta de débito para comida- a convertirse en empacadores de tiendas comerciales? ¿De que dimensión es el temor a la experiencia de quienes esto determina mandando al ostracismo a quien sin tener título de profesor o pedagogo podría apoyar en el desarrollo de las generaciones infantiles o adolescentes? ¿Qué clase de ciudadanos se estarían formando si no se botara en la basura la experiencia de abogados, economistas, ingenieros, hablantes de otro idioma? ¿Por qué impedir a mexicanos fuertes -empujados como activos devaluados  en el almacén de la “tercera edad”- ser parte del crecimiento de nuestra gente? ¿Solo con computadoras y tecnología de altísimo costo pueden los maestros responder a “las nuevas demandas de la sociedad” o esta premisa solo funciona para los intereses de las empresas transnacionales?
 
Por lo pronto hago público mi humilde y personal homenaje a mis maestros de universidad, preparatoria y sobre todo a las aun vivas –sexto de primaria, matemáticas, civismo, en secundaria- que nunca renunciaron ni permitieron que les arrebataran su privilegio de enseñar, no solo datos académicos, sino actitudes, hábitos y responsabilidades.
_________________________
[1] Por igual en la música como en el basketball descalzos.
[2] Cambiar la ropa y sábanas después de un vomito, ayudar a la ingesta incuso de medicamentos, y vigilar el sueño o perronas de nivel intendencia o a los propios familiares.
[3] Hay padres que hipotecan la vida  familiar para enviar a alguno de sus hijos a universidades privadas, con la falacia de que ahí pueden cultivar relaciones de alto nivel que les permitirán un mejor desarrollo económico.
 
 

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