Una grieta en el corazón de las tinieblas PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Hermann Bellinghausen   
Lunes 17 de Julio de 2017 00:00
Cuando hace un lustro supimos que una de las concesiones mineras que al mejor postor ofrecía la jubilosa Secretaría de Economía se llamaba Corazón de las Tinieblas, en la Montaña de Guerrero, quienes seguimos esas noticias compartimos el pasmo. Luis Hernández Navarro incluso escribió una columna al respecto (La Jornada, 6/5/17). ¿A quién se le ocurría, en el gobierno o en la empresa agraciada, Hochschild Minning, la idea de nombrar así un destructivo proyecto de minería a cielo abierto en las tierras me’phaa de Malinaltepec, como si la población importara menos que la plata esparcida en el subsuelo? Si fue ocurrencia de un publicista analfabeto es grave. 
Pero si los responsables conocían, así fuera de oídas, la breve novela de Joseph Conrad Heart of Darkness, entonces fueron unos cínicos. En algo más de 100 páginas, El corazón de las tinieblas, traducido con maravilla al castellano por Sergio Pitol, es un retrato aterrador del daño que causaron las empresas de extracción en las colonias. Situada en el Congo a finales del siglo XIX, prefigura la literatura moderna y, lo que es más, el mundo por venir, de manera equiparable a otros relatos geniales de mediana extensión como La metamorfosis, El extranjero o Pedro Páramo.
 
Inolvidables como pocas son las descripciones de miseria y degradación humanas por acción directa del colonizador desde el primer capítulo de El corazón de las tinieblas. Borges la compara con La divina comedia, aunque el de Conrad le parece harto más terrible y acaso el más intenso de los relatos que la imaginación humana ha labrado.
 
Publicado en 1902, recrea en ficción un viaje del propio Conrad en 1889, cuando aún era el joven aventurero y expatriado polaco Teodor Josef Konrad Korzeniowski. La hipnótica voz de Charlie Marlow, el narrador, empieza por retratar la sede y los directivos de la compañía que lo contrata en Bruselas, parte del gran negocio del rey Leopoldo de Bélgica que ha decidido abrir el Congo a través del su largo y vasto río. Sus enviados convierten el trayecto fluvial en un infierno que conduce al fondo del corazón de las tinieblas de donde extraen inmensa riqueza en forma de colmillos de elefante. Donde se lee marfil podríamos poner oro, plata, coltán o petróleo. Es una alegoría hecha de la pura y cruel realidad del colonialismo voraz.
 
Los primeros y espectrales trabajadores desechados los encuentra Marlow en su camino a Kurtz, el agente loco de una empresa que podría ser la genocida Société Anonyme Belge pour le Commerce du Haut-Congo (¿o Hochschild Minning?): Unas figuras negras gemían, inclinadas, tendidas o sentadas bajo los árboles, apoyadas sobre los troncos, pegadas a la tierra, parcialmente visibles, parcialmente ocultas por la luz mortecina, en todas las actitudes de dolor, abandono y desesperación que es posible imaginar. Explotó otro barreno en la roca, y a continuación sentí un ligero temblor de tierra bajo los pies. El trabajo continuaba. ¡El trabajo! Y aquel era el lugar donde algunos de los colaboradores se habían retirado para morir. Nótese la ironía de llamar colaboradores a esos hombres que morían lentamente, sombras negras de enfermedad y agotamiento, que yacían confusamente en la tiniebla verdosa.
 
En Los anillos de Saturno, el magnífico WB Sebald recupera la aventura de Korzeniowski, más que la novela de Conrad. La incursión por la serpiente del río Congo en la mancha blanca de los mapas de la época deja en shock al futuro novelista inglés. La mancha vacía deviene lugar de tinieblas. Sebald subraya que “en la entera historia del colonialismo, la mayor parte de la cual apenas se ha escrito, es improbable que exista un capítulo más negro que la ‘apertura del Congo’”, empresa impulsada por el rey belga con entusiasmo total (y sin la obligación de rendir cuentas) que enriquecerá a Bélgica. Cuando Korzeniowski retorna a la boyante capital del reino de Bélgica, le resulta un monumento sepulcral erigido sobre la hecatombe de cuerpos negros y, escribe Sebald, los transeúntes parecen cargar en sí el oscuro secreto congolés.
 
Con tal referencia al crimen extractivista y la impunidad se quisieron equiparar audazmente los buscadores de plata en 60 mil hectáreas de cinco municipios de la Montaña de Guerrero. Pero no encontraron tribus indefensas y esclavizables sino pueblos indígenas organizados y valientes que se defienden de las tinieblas del boom minero.