72 años PDF Imprimir Correo electrónico
Lilia Cisneros
Escrito por Lilia Cisneros Luján   
Miércoles 16 de Agosto de 2017 09:59
“Pueden esperar una lluvia de destrucción desde el aire como la que nunca se ha visto en esta tierra” Pues no se trata de un Twitter de Donaldo Trump, es parte del discurso de Harry Truman[1] otro presidente belicista de los Estados Unidos de América, después de haber lanzado las bombas nucleares Little Boy y Fat Man, sobre Hiroshima y Nagasaki en agosto de 1945. ¿Cómo es posible justificar la muerte de ciento sesenta y seis mil personas  en la primera de estas ciudades, y ochenta mil más en la segunda? ¿Qué nos dice que “solo la mitad” haya fallecido el día del bombardeo? ¿Cómo fue la sobrevivencia de 20% de los afectados envenenados por la radiación?
 
Desde febrero de ese mismo año, 67 ciudades japonesas habían sufrido intensos bombardeos –que no fueron atómicos- y hasta hoy es poco lo que la historia relata de estas agresiones bélicas; en Europa Hitler –no así el nazismo que aun hoy día subsiste agazapado sobre todo en ciudades norteamericanas y alemanas- había sido derrotado, la república francesa recibió a los aliados ese mismo año y su población testificó la suscripción de diversos acuerdos que finalizaban la segunda guerra mundial, pero no la del pacífico que se formaliza hasta septiembre de ese aciago 1945 con la capitulación del imperio nipón y la ocupación de fuerzas aliadas apoyadas por soldados de Australia, India británica, Reino Unido y nueva Zelandia. Por supuesto una de las condiciones para Japón fue prohibir la fabricación e introducción de armas nucleares.
 
De entonces a la fecha nueve países[2] cuentan con arsenales atómicos y aun más mortíferos que los usados hace 72 años por el ejército norteamericano además de los avalados por la OTAN, como es el caso de Bélgica, Alemania, Italia, Países Bajos, Turquía y el probable resguardo de armas que se supone han sido desechadas en Bielorusia, Kazajstán, Ucrania y Sudáfrica.
 
En los últimos meses los medios han dado cuenta de las consecuencias por explosión de talleres, comercios y casas que resguardan explosivos para pirotecnia. Imagine al planeta como un cuarto oscuro repleto de explosivos en varios de sus rincones y a los presidentes de Corea del Norte y de los Estados Unidos, entrando con un cerillo para ver a su oponente al cual suponen se puede amedrentar luego de vociferar diversas amenazas ¿Cuántos miles o millones serán considerados pérdidas colaterales si alguno de estos rijosos pasa de la retórica furiosa a apretar el botón nuclear?
 
Las estadísticas “convenientes” nos dicen que hubo personas –se observaron solo 321 mil casos- fallecidas por leucemia y que con posterioridad 334 mil -la mayoría civiles- murieron por otros tipos de cáncer ¿cuantos de los que hoy mueren de cáncer han sido afectados por los remanentes de diversas bombas nucleares –bélicas o de prueba- usadas por los países que basan su supremacía por ser poseedores de tales armas?
 
“Dios mío que hemos hecho”, fue la expresión del capitán Robert Lewis, copiloto de bombardero que lanzó una de las bombas; y los intentos de justificación han sido durante 72 años desde conferencias hasta organismos filantrópicos. Tres años después se formó la ABVC -Comisión de Víctimas de la Bomba Atómica- además de que la Academia Nacional de Ciencias y el consejo de Investigación Nacional se ocuparon, con mandato de Truman de supuestamente apoyar las víctimas, aunque en realidad eran selectivos, demostrándose con el tiempo que más que ayuda su interés era investigar los efectos posteriores a la radiación. Huelga decir que los menos favorecidos tanto por la ayuda filantrópica como por las instancias de arrepentimiento estatal, fueron estudiantes de Malasia becados, trabajadores chinos y coreanos y por supuesto prisioneros de guerra de diversas nacionalidades desde los pertenecientes al ejército aliado hasta coreanos que tenían calidad casi de esclavos[3].
 
Más de 10 bombas estaban programadas desde el 10 de agosto hasta septiembre; fue la diplomacia la que evitó que esto se convirtiera en un verdadero armagedón. Japón se rindió, el ejército aliado respetó la monarquía japonesa, Hiroito comprendió la tragedia y visualizo lo que pasaría si la opinión de sus responsables del ministerio de guerra no hacían lo propio. La unión soviética no tuvo oportunidad de hacer efectiva su declaración de guerra, y la población sobreviviente –incluso mujeres embrazadas- empezaron su lucha contra las diversas enfermedades asociadas a la radiación. ¿Será suficiente la memoria de estas barbaridades para evitar que se repitan? Analistas de seguridad en México como Alejandro Hope, señalan que como resultado de crímenes, en los últimos 12 años han muerto en México cerca de 300 mil personas, si a esto se suman los desaparecidos, los no considerados en las estadísticas –fallecidos o perdidos- casi nos equiparamos a las pérdidas humanas por una bomba atómica de hace 72 años. Imaginemos hasta donde llegaría la radiación si Corea del Norte la lanza hacia la isla de Guam –de donde salieron los bombarderos a Japón- o si esta toca nuestro continente; y peor aun ¿que pasaría con la humanidad si alguien le responde?
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[1] Los japoneses comenzaron la guerra desde el aire en Pearl Harbor. Ahora les hemos devuelto el golpe multiplicado. Con esta bomba hemos añadido un nuevo y revolucionario incremento en destrucción a fin de aumentar el creciente poder de nuestras fuerzas armadas. [...] Ahora estamos preparados para arrasar más rápida y completamente toda la fuerza productiva japonesa que se encuentre en cualquier ciudad. Vamos a destruir sus muelles, sus fábricas y sus comunicaciones. [...]Sus dirigentes rechazaron el ultimátum inmediatamente. Si no aceptan nuestras condiciones pueden esperar una lluvia de destrucción desde el aire como la que nunca se ha visto en esta tierra.
[2] Estados Unidos, Rusia, China, Francia, Reino Unidos, India, Pakistán, Corea del Norte, e Israel.
[3] Los casos de mujeres esclavizadas para la prostitución han sido conocidos por el mundo y condenados por algunos pocos.