Ceniza PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Hermann Bellinghausen   
Martes 10 de Octubre de 2017 00:00
Llegamos finalmente tarde a todo. Nuestras las albricias y los detalles, nunca las primicias. Hicimos la tarea correctamente, memorizamos los aforismos y las iluminaciones de nuestros maestros, con el privilegio de tenerlos y sabernos acogidos en su paternal admiración a la frescura de nuestra juventud de disposición fiel y exagerada, el candor que nos permitió creer, por increíble que parezca, en la Revolución Futura. Comprensivos, los maestros nos dejaron cambiar las estampitas en los dormitorios, no diré que nos animaron a hacerlo pero de ninguna manera lo impidieron. En vez de Santos Tarcisio, Domingo Savio, Luis Gonzaga y otros castrati, o alguna Virgen regional; a cambio de candelabros, cirios y todo eso; en lugar de crucifijos, estampas y plegarias con letra antigua fijamos con chinches rojas fotografías de Lenin y elChe Guevara, consignas proletarias, hoces, martillos, simbólicos machetes, los bigotes de Emiliano Zapata en aroma de pachuli.
 
Toleraron que desmontáramos los dogmas de Agustín de Hipona, Tomás de Aquino e Ignacio de Loyola, dejando intactos a Juan de Yépez y Teresa de Ávila en olor de eternidad. Caímos sin red en las páginas quebradas de Kafka y su jeta de santo condenado a una hoguera de la que lo salvó el bacilo de Koch.
 
Bien tarde hemos llegado. Como era de esperar, estamos más cerca que ellos del fin del mundo. Ellos pudieron ser adánicos, homéricos, fáusticos, cervantinos, se tutearon con Picasso, Breton, Carpentier, Buñuel, Cernuda, cantaron a la luz de la luna con alguna estrella internacional del cine nacional, nos confesaron que creían en Dios a pie juntillas y les creímos, pero fue creencia nuestra que Dios no existiera, o en todo caso no era de nuestra incumbencia. Los ateos no los espantaban. Ni los apóstatas. Fundaron ramas del saber inéditas y también dominaron a Lope, Juana Inés y el Libro del Buen Amor, nos revelaron la existencia de Gerald Manley Hopkins, Mallarmé y Wilde, a salto de mata entre Rimbaud y Freud nos dejaron caer en brazos de Marx, Brecht y Marcuse, besar los labios de Jean Moreau, los tobillos de Rita Hayworth y los ojos barbáricos de La diosa arrodillada.
 
Vivieron en carne propia. Lo contaban al impartir cátedra y dejarnos claro que jamás lo experimentaríamos fuera de la fantasía que proporcionan las novelas, la tragedia griega, la historia profana y las decaídas lecciones de historia sagrada. El sicoanálisis reveló a nuestros maestros que ellos no encarnaban ciencia ni historia, sólo literatura aplicada. En ocasiones su proceso se convertía en curación pírrica, como esos remedios que enferman porque la dosis fue errónea pero no matan, o las creencias que culminan en penitencia cruel, profanación de tumbas, autos de fe y la copa derramada.
 
Cumplieron su destino. Autoridades en la materia, padres de una teoría u otra, poetas modernos, periodistas en llamas, terapeutas, secretarios personales de un obispo o un presidente, y cada uno antología de sí mismo.
 
Conscientes de su grandeza, de que nunca alcanzaríamos su fama, su santidad ni su estatura, nos consolaba la certidumbre de que heredaríamos sus sillas y sus páginas. Sin que nadie previera que sus zapatos nos quedarían grandes nos desvivimos por su aplauso condescendiente y no necesariamente sincero, preferimos tomar en serio cualquier guiño, recomendación o prólogo, alguna deferencia que dejara atónitos a nuestros pares, condiscípulos en la escuela de un Siglo de Oro alejado de las metrópolis. Leímos París y Macondo como si conociéramos Dublín y San Petersburgo, como si tuviéramos una idea aproximada de Ibsen, como si Darío y Vallejo nos incumbieran.
 
Bisnietos y tataranietos de gigantes, nuestros nietos nos tienen por enanos y no nos faltan al respeto pues no nos tienen ninguno. Somos nada pero pastamos en la paz del prado agazapados en diccionarios y antologías sin fondo aguardando el turno de nuestras Obras Completitas, mientras tesis rutinarias de nuestros pupilos se apilan en bibliotecas de universidades que nos importan un carajo pero movemos la colita y salivamos si nos alientan, nos condecoran o nos la mientan.
 
Nuestro error fue no asesinar a los maestros. Supieron lo frágil que era nuestro barro, que el olvido nos acabaría antes que a ellos. No merecimos acólitos como ellos nos tuvieron y nos tienen, apóstoles suyos por más fallecidos que estén. Les erigimos bustos en los parques, dedicamos placas con su nombre en recintos señalados de las instituciones que fundaron, calles, fuentes, librerías, cátedras, les concedemos el honor de todas las revueltas idas, nosotros los dóciles. Nadie nos erige nada. Se nos toman fotos y videos que enseguida se borran o incineran. Nuestros nombres, no digamos nuestros afanes, son ceniza prematura.