El hombre que olvidó quién es PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Hermann Bellinghausen   
Lunes 27 de Noviembre de 2017 12:01
Medallita brota de la basura, indistinguible de los objetos rotos, bolsas y alimentos podridos que lo rodean. Alguna prisa debió de entrarle, o despertó bruscamente de un mal sueño y saltó de la cama. Bueno, en su caso la cama es un basurero municipal conurbado que ofrece buena panorámica de la ciudad si la contaminación lo permite por el costado oriental de su interminable perímetro. La figura de Medallita surge imponente en un halo de residuos, moscas, mosquitos y polvo alzado del suelo. Un impulso interior lo pone en movimiento. Camina no todo lo aprisa que quisiera porque caminar sobre montañas de basura es más difícil que hacerlo en la nieve. Durante su marcha va desprendiendo trozos de papel o materia orgánica. El aire lo limpia un poco. Para los fríos de la pernocta y la madrugada, va muy abrigado. Su chamarra debió ser roja y todavía permite barruntar una mascota deportiva en la espalda, irreconocible entre los brochazos de la mugre. Los pantalones le quedan dos tallas grandes. Calza de distinto par, un choclo negro y un tenis casi nuevo, tan azul que contrasta con lo pardo que hay en él y en lo que lo rodea.
 
Alcanza la tierra sólida de una vereda y corre, si a eso se le puede llamar correr, como si se le hiciera tarde para una cita. Oye rugir los motores y apresura el paso lo más que puede. Alcanza el deshuesadero en el borde del depósito de volteos que en lenta procesión van partiendo, con distintos destinos, a la ciudad allá abajo. Medallita, jadeante, se escabulle entre los fierros del deshuesadero y trepa por atrás un volteo que enciende el motor y exhala una bocanada negra que tiznaría a cualquiera que no fuese Medallita, que más tiznado no podría estar. El cajón vacío del volteo le permite tumbarse y dormir otra vez. Más tarde lo despierta el silencio del motor en cuanto el volteo se detiene. Se despereza, abandona el cajón, el conductor lo alcanza a ver apearse, lo llena de improperios y “pinchi Medallita, ya vas a ver”.
 
Hace mucho dejó de pensar en si esto o aquello era justo o injusto, si acaso cada uno tiene lo que se merece, si él mereció alguna vez algo. Para Medallita encontrar la comida del día es el supremo parámetro de la suerte y en ese momento se le revela en la forma y promisorio contenido de una voluminosa hamburguesa casi completa encima de la tapa de un basurero en la calle, que resulta ser Orizaba. Hasta papas a la francesa le quedan al paquete, y las bolsitas de catsup intactas. Todo un poco mojado por el rocío. Si se acordara de cómo se alaba, alabaría al Señor de la Misericordia.
 
Feliz con el hallazgo, salivando se dirige a una banca del parque donde antes hubo un multifamiliar en el que todos murieron cuando su derrumbe. Al fondo corre una larga pared y en ella un palimpsesto de murales y grafiti. En un espacio para deportistas una pareja semijoven practica abdominales y ejercicios en la barra paralela, uno auxilia al otro, súperconcentrados. Medallita los contempla con apacible deleite. ¿O el deleite que lo invade se debe al manjar que devora despacio, lo saborea en cada mordida entre vagos recuerdos de cuando era persona? Pasó por la universidad, fue capaz de leer libros enteros, trabajó, hubo quien lo quiso, creyó en el futuro. Un prolongado derrumbe ha transcurrido desde aquella lejana década. Lo sabe, no lo piensa, piensa otras cosas, colección de pequeñas obsesiones, monólogo monótono que nunca se detiene, pensar es lo único que nunca deja de hacer. Palabras, sonidos, delirios, justificaciones mustias.
 
Hace a un lado la hamburguesa. Entró en calor, le sobra la chamarra asquerosa y se la quita. Debajo trae una camiseta de algodón razonablemente limpia y nueva, anaranjada. De pronto parece persona. Dobla con cuidado la chamarra, la coloca a su lado como si fuera una armadura o una sotana, y sigue comiendo.
 
Conoce el rumbo. La Roma siempre es buen destino, aquí va a quedarse por lo pronto, abundan los recovecos. Evitará a los policías, especialmente quisquillosos por lo distinguido del vecindario si lo agarran en lo de cagar o mear, o nada más por su aspecto. Si le caen, lo trepan a la patrulla, conoce el procedimiento, le reclaman su pestilencia, lo entamban unos días por vagancia, dan chance a que se bañe y lo tiran de nuevo a la vía pública. Él, feliz, sabe dónde buscar los volteos que regresan al tiradero. Se colará en alguno que lo lleve junto con la demás basura a las laderas del perímetro urbano. Y así sucesivamente.
Última actualización el Lunes 27 de Noviembre de 2017 12:16