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El Frente, un parto por cesárea PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Francisco Ortiz Pinchetti   
Martes 19 de Diciembre de 2017 15:05
Se equivocaron rotundamente quienes supusieron que era imposible una alianza electoral entre fuerzas políticas de signo supuestamente contrario, como PAN y PRD. Nos equivocamos también quienes consideramos no sólo factible sino deseable la formación de un frente opositor plural integrado por partidos, organizaciones sociales y ciudadanos cuyo objetivo inmediato fuera ganar la Presidencia de la República y el Congreso, pero que apuntara mucho más allá del éxito electoral hacia la instauración por primera vez en nuestra historia de un gobierno de coalición en torno a objetivos claros, factibles y elementales, que le diera vialidad a este país a partir de un cambio de paradigmas.
 
En lugar del Frente Ciudadano por México tenemos en efecto una coalición electoral ya oficialmente constituida entre Acción Nacional, el Partido de la Revolución Democrática y Movimiento Ciudadano (MC) que puede ser sin duda competitiva en la contienda presidencial de 2018; pero no cuajó la idea original del Frente opositor de ser la semilla de un gobierno de coalición, porque los protagonistas fueron incapaces de asumir la generosidad que ameritaba tamaña empresa, y porque finalmente prevalecieron los cotos de poder y los intereses políticos personales de cada quién.
 
Quizá en un arranque de vergüenza, los fundadores de la alianza decidieron quitarle hasta en el nombre el carácter de ciudadano, para dejarlo en un galimatías denominado Por México al Frente. Hasta ahora nadie nos ha explicado el motivo de esa extraña denominación, que parece más bien ser una manera de rehuir el compromiso que finalmente fue traicionado.
 
La coalición electoral nació además marcada por vicios tan arraigados en la cultura política priista como son el dedazo, el destape y la cargada o los acuerdos en lo oscurito. El Frente estuvo a punto de no llegar siquiera a una coalición partidaria debido a la soberbia y la intransigencia del dirigente panista Ricardo Anaya Cortés. El controvertido queretano no solamente se adueñó del PAN y se despachó a sus anchas con los dos millones de spots promocionales del mismo, sino que utilizó los recursos y la estructura del partido para construir su candidatura y finalmente imponerla.
 
Para decirlo pronto, Anaya Cortés agandalló la candidatura colegiada mediante la amenaza de romper la coalición e ir como candidato presidencial panista a la contienda. Sus abusos y su resistencia a dejar la presidencia de su partido para no ser juez y parte de la contienda interna –lo que obligó a Margarita Zavala Gómez del Campo a dejar el partido después de 33 años de militancia—pusieron en grave riesgo de ruptura al instituto político fundado por Manuel Gómez Morín.
 
Al asumir su auto destape, Anaya Cortés intentó un deslinde de los ex presidentes Vicente Fox Quesada y Felipe Calderón Hinojosa, que además de resultar burdo y grotesco, nada debe haberle gustado a los propios panistas. Al grandote guanajuatense lo acusó de no haber respondido a las expectativas de su arribo al poder al dejar “prácticamente intacto” el sistema corporativo y clientelar del PRI. “No cambiamos el régimen”, dijo. De Calderón Hinojosa aseguró que “sin una estrategia clara y eficaz se disparó la violencia hasta alcanzar niveles francamente insospechados, detrás de esa violencia hay enorme sufrimiento y tragedias humanas” y que, aunque hubo avances, de nuevo, “no cambiamos el régimen”.
 
Al hacer esos señalamientos, el hoy precandidato único cayó en incongruencias evidentes. Se le olvidó que su principal asesor, Santiago Creel Miranda, fue el secretario de Gobernación de Fox Quezada durante cinco años y que a él habría correspondido básicamente ese desmantelamiento del sistema corporativo y clientelar priista que ahora reclama. También, que trabajó –y cobró– con Calderón Hinojosa como subsecretario de Turismo y que el michoacano a quien ahora incrimina lo hizo secretario general del PAN y diputado federal en 2012. Y que durante todos esos doce años de gobiernos panistas, el Niño Maravilla estuvo calladito calladito.
 
Habrá que reconocer en cambio que en el sainete que precedió al parto, el más congruente de los personajes que en él participaron fue, con perdón de sus muchos detractores, Miguel Ángel Mancera Espinosa, que hizo hasta el final todos los esfuerzos posibles porque el Frente, del que fue primer impulsor, respondiera a su concepción original y la nominación de su candidato presidencial se diera a través de un procedimiento mínimamente democrático.
 
Es posible que no todo esté perdido y que finalmente la incorporación de organizaciones civiles y de ciudadanos, si se da, rescate al menos parcialmente el espíritu original del proyecto pisoteado por Anaya Cortés. México merece la oportunidad de ensayar nuevas formas de ejercer el poder, más allá del reparto del botín que hasta ahora ha significado detentarlo. El gobierno de coalición a partir de una fuerza plural que ganara la Presidencia de la República y el Congreso de la Unión era una fórmula esperanzadora que por ahora quedó reducida, otra vez, a un pacto electoral.
 
Por lo pronto, llegado el embarazo “a término” –como decían los ginecólogos de antaño– los plazos legales obraron en favor del dirigente panista. Mancera Espinosa acabó por declinar su eventual precandidatura y sólo la generosidad relativa del PRD (a cambio de una tercera parte del pastel de candidaturas federales y de tres candidaturas a gobiernos estatales, además de la de la Ciudad de México) salvó al Frente del aborto. El chamaco venía atravesado y hubo que sacarlo a como diera lugar. Válgame.
 
 
@fopinchetti
 

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