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Escrito por Hermann Bellinghausen   
Martes 06 de Febrero de 2018 12:48
En la actual mutación de las formas de expresión y del arte reina aún la incertidumbre de adónde de veras irán a parar la creación y la percepción de las obras. El siglo XX nos trajo su reproducción masiva, dándoles un impulso mayor que Gutenberg a la creación, la difusión y los usos prácticos del arte. Fotografía, cinematografía, fonografía, radiofonía o tipografía electrónica, las herramientas para una nueva y excitante manera de conectar al creador y su público. Un proceso que inundó de ismos y experimentos la primera mitad del siglo pasado, y que en la segunda mitad universalizó las creaciones de pensadores y artistas por primera vez en la historia humana.
 
Las rupturas de la lógica para percibir la materia, influidas por los descubrimientos de la ciencia en términos de relatividad y azar, dieron rienda suelta a la fantasía, que trascendió los corsés del mito, la creencia religiosa, la obediencia al rey; por lo mismo fue un siglo de grandes represiones a la creación y las ideas. La narrativa en particular desafió todo, al grado de engendrar un nuevo arte, un teatro fijo de alcance masivo: el cine. Además generó la primera manifestación moderna de narrativa gráfica, heredera de los remotos códices, papiros y rollos de pergamino que contaban historias con monitos y palabras; fue también el siglo del cómic y los dibujos animados. La novela-libro se abrió tanto que uno ya no supo qué onda. Ciencia ficción, realismos mágicos, terror primordial, o novelas donde el lenguaje es el único protagonista.
 
La música estableció entrecruzamientos y revoluciones por minuto a velocidad pasmosa, y ante la hiperintelectualización europea de la música de concierto o culta, la expresión posafricana dio pie a todo un universo alternativo (y colectivo) de creación sonora. La madre jazz, en el núcleo atómico de ese siglo de luz y tinieblas que fue el XX, contagió al mundo entero. Indujo en los cinco continentes incontables estilos y géneros. El más plebeyo de todos, el blues, desembocó hacia 1962 en el rock, aquella música juvenil y hedonista que sumó la poesía a un gran negocio global para erigirse arte legítimo con un canon fijado en menos de 20 años, así que hoy Pink Floyd importa más que Stockhausen, Dylan gana el Nobel, y si Coltrane y Miles fueran Bach y Paganini, Zappa y Led Zeppelin bailarían con el diablo igual que Debussy o Stravinski, aunque no sean lo mismo. Al finalizar el siglo, las artes y su público no se parecían en casi nada a lo que fueron un siglo atrás. Mientras, cualquier arte anterior se reprodujo y parafraseó sin cesar. Lo visual ganó terreno a lo bestia.
 
Esta situación entró a su vez en una veloz transformación con el nuevo milenio. La Internet y la múltiple derivación digital y cibernética agregaron otro escalón a la relatividad. Sus efectos son tantos que resulta agotador enlistarlos. Por ejemplo, ¿han puesto en riesgo al lenguaje y las palabras se extinguen? Veamos cuánto han cambiado la lectura y la escritura. Entre más se anuncia el fin del libro, más parece haberlo a escala industrial, y la escala discreta o artesanal prolifera en manos de jóvenes que, de acuerdo con la previsión estadística, debían estar consagrados a la función digital, telefonitos y videojuegos, textos (cuando los hay y son dignos de ser llamados así) accesibles en pantalla, lo mismo para leerlos de pasada que imprimir su copia dura o almacenarlos en las nubes de la matriz global. Por muchos libros que haya, no se leen o invaden las pantallas y se digieren a pedazos como mera información de un banco de datos.
 
La experiencia Proust comienza a parecer impracticable, demanda una sustracción mental prolongada y atenta que en nuestras sociedades industriales y de consumo pocos parecen poseer (o tener tiempo para). Hasta los autores fragmentarios son leídos con poca atención. ¿Cómo encontrar así el íntimo humor desternillante en los momentos más negros y pesimistas de Kafka, Cioran o Beckett? ¿Cómo leerlos con suficientes libertad y cuidado fuera del estereotipo wiki? Sinónimo tópico del absurdo ominoso, Kafka se reía de nosotros y se divertía con sus montajes de crueldad. Cioran se carcajeaba para sus adentros al escribir breviarios de podredumbre y sobre el inconveniente de haber nacido. Y Beckett, bueno, no hay una sola línea de su temible galería de nadies, desplazados, abandonados y muertos vivientes que no sea un monumental chiste.
 
¿Sobrevivirán tales sutilezas en la lectura directa del siglo XXI, cada día más vertiginosa, intertextual, adrenalínica y lejana del venerable libro que ya nadie resguardará con el amor físico de las mil 500 generaciones anteriores?
 

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