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“Pensaron que ya estábamos muertos todos…” PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Magdalena García/Des-informémonos/ fotos: Ricardo Trabalusi y Diego García   
Domingo 11 de Febrero de 2018 19:16
Conoce las historias de integrantes del Concejo Indígena de Gobierno, expuestas por el sitio Desinformémonos.
 
 
En el portal Desinformémonos se exponen las historias de diez integrantes del Concejo Indígena de Gobierno, con el fin de visibilizar sus luchas, una de ellas contra el racismo.
 
La serie, llamada “Flores en el desierto”, incluye la entrevista, galería y video de cada mujer.
 
Se incluye, por ejemplo, la historia de María de Jesús Patricio, Marichuy, aspirante a una candidatura independiente, titulada “Del tamaño del dolor es la esperanza”.
 
Aquí, un fragmento de la historia de Magdalena, concejala mazahua en la CDMX:
 
Esto es lo que realmente soy
 
Por Magdalena García Durán/ Desinformémonos
 
Tuvo que haber un levantamiento en Chiapas para que Magdalena volviera a hablar su lengua y regresara a portar su vestimenta. Cuenta que antes, por la discriminación alentada por personajes como La India María, se forzó a hablar español, a rizarse el pelo y hasta a usar zapatos de tacón, aunque, dice, “lo que traía dentro nadie me lo podía arrancar”.
 
Hoy la Concejala mazahua camina erguida por las calles de la Ciudad de México, con su falda y blusa plisadas en colores brillantes y su larga y entrecana cabellera trenzada con grandes listones. “Es lo que recuperé gracias a los zapatistas y esto es lo que realmente soy”, dice, mientras ofrece sus bordados de punto de cruz sentada a los pies del monumento a la fundación de la Gran Tenochtitlan, justo frente a la Suprema Corte de Justica de la Nación, la misma que le otorgó el amparo para ser liberada, absuelta de todo cargo, luego de 18 meses de injusto encarcelamiento.
 
Ni el consabido “usted disculpe” le dieron a Magdalena cuando le abrieron las puertas de la cárcel. “Viví en carne propia la represión. Fue un momento doloroso de dejar la familia, de que ya no encontré vivos a los que estaban enfermos cuando entré, de no ver a mis nietos nacer. Pero no todo es malo, es una experiencia a la vez bonita, porque en vez de callarnos se extendió la semilla. Se sembró más porque se hizo consciente la gente”, dice Magdalena en la entrevista que transcurre entre el Zócalo capitalino y la comunidad mazahua de San Antonio Pueblo Nuevo, municipio de San José del Rincón, Estado de México, donde nació.
 
 
Defensora de los derechos de los indígenas radicados en la Ciudad de México y activista de La Otra Campaña, iniciativa zapatista que en el 2006 recorrió el México de abajo, Magdalena García acudió al llamado de solidaridad de los floristas reprimidos en San Salvador Atenco y Texcoco en mayo del 2006, cuando, como lo consignó Amnistía Internacional, la policía federal incurrió en graves violaciones a los derechos humanos durante las masivas detenciones de activistas y ejidatarios, incluyendo evidencia de abuso sexual contra al menos 26 mujeres.
 
Magda fue con un grupito de mazahuas a Chiapas, atendiendo a la convocatoria de la Sexta Declaración de la Selva Lacandona lanzada por el EZLN en 2005. “Yo venía caminando con La Otra Campaña y quedé en hablar el 1° de mayo en el Zócalo junto al subcomandante Marcos. Ahí hablé y dije que las calles eran de nosotros, los que más teníamos hambre. Eso fue el 1° de mayo de 2006, y el 4 íbamos a hacer un recorrido en la vía pública. Pero el 3 surgió el problema de los floristas de Texcoco, que no los dejaban vender en el mercado, y los de San Salvador Atenco habían ido a apoyarlos. En el evento de Tlatelolco escuché a América del Valle. Dijo que las floristas fueron detenidas, golpeadas, sacadas de su casa. También dijo que si podían llegar a Atenco, porque habían matado a un niño”.
 
Por la noche, recuerda, “otro grupito y yo analizamos si queríamos ir a solidarizarnos en el velorio del niño en Atenco. Yo sí quise ir y fuimos tres personas. También iban a hacer una marcha, entonces llevamos fruta picada, chicharrones y papas para venderlas, porque eso hacemos. Casi a las seis de la mañana del día 4 llegaron los policías, los granaderos. Yo estaba arriba en la camioneta. Echaban bombas, parecía avispero con los helicópteros arriba. Cerramos la puerta de la camioneta para que no nos vieran, pero ni cuenta me di de cómo destaparon la parte de atrás para bajar a un compañero. Yo estaba adelante y un granadero me jaló de mi cadenita y otro bajó al otro compañero. Les empezaron a pegar y me bajaron a mí, me querían robar lo que traía en la bolsa. Luego me golpearon, me amenazaron, me encarcelaron. Estuve un año en el penal de Santiaguito, en Almoloya, como si fuera una criminal peligrosa”.
 
Aquel día sangriento aventaron a Magdalena en una camioneta boca abajo y entre varios policías la empezaron a patear. “Me pisaron con sus botas, que tenían como clavos. Iban también otras personas y les tiraron como ceniza caliente y les quemaron la panza. Yo sentía que me iba a morir. En un momento pensé que me ahogaba, porque traía un jorongo”. En el camión al que la subieron vio “los montones de gente encimada”, unos cuerpos sobre otros, y escuchó los quejidos de la gente. “Yo no quería pisarlos, pero ellos me jalaban los cabellos para llevarme hasta atrás pisando a todos. Me encimaron sobre dos más y me pusieron el pie. Yo estaba llena de sangre por los golpes de los toletes. Dijeron que si alguien se movía, que lo mataban. Y pues yo tenía mucho miedo”.
 
 

 
A Magdalena y a más de 100 detenidos los llevaron al penal de Santiaguito. “Yo pensé que éramos pocos, pero adentro había un montón golpeados, heridos. Me deprimí. No quería vivir, pero después pensé que en cualquier lado en el que uno esté, puede trabajar. Y entonces me puse a bordar”.
 
La acusaron de delincuencia organizada, secuestro equiparado y ataques a las vías de comunicación. Amnistía Internacional tomó el caso y la declaró “presa de conciencia”, y en más de 80 países se movilizaron por su libertad. Hasta el penal le llegaba información de los plantones exigiendo justicia. Y afuera hasta serenata le llevaban. “¡Magdalena, te queremos un chingo!”, le gritaban.
 
Estuvo un año en Santiaguito y seis meses y cinco días en el penal de Molino de Flores, Texcoco. “Lo que me dio fuerza era que yo no era lo que ellos decían. Sabía que algún día iba a salir y a demostrar que era inocente. No era una secuestradora, sólo hablaba por la lucha, por un cambio. Nunca iban a encontrar algo malo de mí”, dice Magda, quien recuerda cada minuto vivido en la cárcel como si hubiera sido ayer. “Salí absuelta, sin culpa de nada, porque no hice nada. Pero los que de verdad hacen, están libres y pasean por todos lados”.
 
Nunca quiso que nadie de su familia la visitara en la cárcel. “No quería que ellos fueran a dejar huellas ahí, firmas, que los esculcaran. Los protegí, pienso”. Saliendo se fue directo al plantón de La Otra Campaña que permaneció en la explanada del penal todo el tiempo. Y, junto a sus compañeros, se fue caminando a la Villa de Guadalupe.
 
Ya en libertad, sus compañeras mazahua la llamaron para contarle que de nuevo no las dejaban trabajar en la vía pública. “Fui a darme una vuelta y me encontré con todo eso. Me volvió a dar coraje, cuál era el chiste, cuál era la ley. Me volví a organizar con otras compañeras y a las cinco de la mañana nos pusimos en la puerta para hablar con el gobierno del Distrito Federal”.
 
Así, del injusto encierro se trasladó a “la vida injusta de la calle”, por lo que “siguió la lucha y la resistencia para lograr que se respetara el espacio donde estábamos. Y hasta hoy estamos porque creemos que el espacio y la Madre Tierra no tienen dueño, nos sostienen, de ahí sacamos para vivir y ahí sigue la lucha”.
 
 
*****
 
San Antonio Pueblo Nuevo, municipio de San José del Rincón, es una pequeña comunidad de menos de 500 habitantes. La mayor parte de las casas están vacías y con un candado en la puerta. Es un pueblo mazahua que desde mediados del siglo pasado se fueron trasladando a la Ciudad de México, primero durante los tiempos muertos de la agricultura y poco a poco de manera permanente. “Las Marías”, es el nombre despectivo con el que se conoce a las mujeres de esta comunidad que desde hace más de 70 años se ganan la vida vendiendo frutas, dulces o artesanías en las racistas calles de la Ciudad de México. Ellas no se consideran migrantes, sino personas radicadas aquí. No es lo mismo. Exigen derechos, el de piso, por lo pronto.
 
El caserío de la comunidad es diverso. Están las casitas, como en la que creció Magda, de madera, lámina y piso de tierra, donde duermen en petates en el piso. Son casitas antiguas y tradicionales con una cocina aparte con su fogón de leña. Pero ahora, cada vez más, se edifican de cemento y de ladrillo, con ventanas y puertas de aluminio. Hay algunas con apariencia californiana, producto de la imaginación de los migrantes que cruzan la frontera y, aunque cada vez regresan menos, mandan su dinero. Casi cada casa tiene su propia capilla al centro del solar, pequeñita y elegante, con una cúpula y su cruz.
 
A primera vista no hay nadie. Después se atraviesa un poco de ganado, un par de caballos, algunos perros y muy pocas personas. Aquí todas las familias están incompletas. “Una va haciendo su familia, tiene hijos. Yo dejé de venir aquí porque allá en la Ciudad de México nos heredaron un pedazo de banqueta, que aunque sea banqueta no deja de ser nuestra, un espacio que la familia y el pueblo conquistaron para ganarse la vida trabajando”. Sus abuelos, cuenta, “empezaron vendiendo manzana, durazno, mandarinas, nueces, pepitas y dulces”, y todo eso también ella vendió en la Alameda Central, San Juan de Letrán, en la avenida Hidalgo, enfrente del Teatro Blanquita, en Tacuba y en Reforma.
 
Magda recuerda la persecución, discriminación y maltrato de aquellos tiempos. “Muchas veces nos encarcelaban hasta 15 días, nos llevaban a La Vaquita. Les rociaban petróleo o gasolina a nuestras manzanas y a nuestras mandarinas para que quedaran inservibles, nos cortaban las trenzas porque decían que no les gustaban, pero nosotras estamos acostumbradas a traerlas con listones y moños”.
 
En los años setenta, dice, el entonces presidente Luis Echeverría Álvarez ideó un programa para “regresar a los indígenas a sus comunidades”. En el gobierno “decían que nos veíamos mal y que no podíamos estar en la Ciudad de México, que mejor nos regresaban. Que cuántos camiones queríamos para regresar a los abuelos, pero ellos respondieron, ‘estoy en mi México, no estoy en otro lado’. Y ahí seguimos trabajando. Me gusta mi trabajo de vender artesanía. La mayor parte de los mazahua nos hemos ganado la vida con la fruta, el elote asado, las frituras, chicharrones y papas fritas”.
 
En aquellos tiempos, continúa, “muchos creían que ya no existían los indígenas, pensaron que ya estábamos muertos todos, pero cuando menos se dieron cuenta, florecieron las mazahua, las Marías de las pepitas en la Ciudad de México. Y cuando lo vieron, recibimos más discriminación, más represión, todo más racista. Y el gobierno lo que hizo, en vez de resolver, fue llevarnos a una nave mayor que está por La Merced. Nos llevaron a bordar los puños para las camisas, los cuellos, las blusas, mantelitos, portavasos o portalentes y ahí nos pagaba, yo no recuerdo cuánto, pero yo dije que no, que para venir a trabajarles toda la semana, mejor me pongo a vender, aunque me anden correteando, pero voy a ganar mucho más”.
 
(Historias completas en Desinformémonos)
Última actualización el Domingo 11 de Febrero de 2018 19:39