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MINERVA ARMENDÁRIZ PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Jaime García Chávez   
Sábado 20 de Abril de 2013 14:46

 La sombra sola del olvido temo; porque es como no ser un olvidado, y no hay mal que se iguale al no haber sido

–Lupercio Leonardo de Argensola
 
Murió Minerva Armendáriz Ponce. Pude haber sido una persona muy cercana en su entorno y eso no sucedió. Es pasado que no impide esbozar estas notas que son a un tiempo necrológicas y memoriosas. Dan cuenta de un fallecimiento muy sentido en un círculo amplio de políticos de izquierda, no se diga al seno de su familia y sus seres queridos porque en la vida de Minerva hay capítulos que no podemos soslayar por estar ligados a una época difícil y convulsa en la que muchos optaron por la crítica de las armas al sistema autoritario mexicano. Los recuerdos son por lo que nos vinculó con nexos imborrables.
 
Participé en la guerrilla que encabezó Óscar González Eguiarte a finales de los 60. Mi desempeño fue logístico y desde la ciudad, esencialmente. Tenía encargos puntuales en el área de la formación política y el acompañamiento, tanto para la adquisición de instrumentos a utilizar en el campamento guerrillero que se instaló en un municipio serrano de Chihuahua, como en bienes para el sostenimiento de los familiares que se quedaban prácticamente a la deriva en la ciudad. Conversé largamente con los hermanos Juan, Jesús y Vicente Güereca, con Jesús María Casavantes y Carlos Armendáriz Ponce, todos ellos reclutados por la guerrilla, de entre los cuales tomaron las armas el primero, el cuarto y el quinto. Conviví con Carlos Armendáriz, un joven inteligente, asiduo lector, con gran temple y convencido de seguir la ruta marcada por el castrismo en los movimientos de aquella década. De él recibí encargos para ocultar su militancia armada, en coraza de su propia seguridad. Se haría correr la versión de que estudiaba en Cuba, para que no se le ubicara en ningún otro lado y mucho menos como parte de una guerrilla en la que finalmente murió enfrentando al ejército mexicano. Se sabe que el jefe de esta guerrilla, el talentoso Óscar González Eguiarte, fue capturado vivo y fusilado. Todos estos sucesos corrían en paralelo con el movimiento estudiantil de 1968, en los meses de julio y agosto, lo que contribuyó a opacar el levantamiento y quizá desviar la atención para no montar una represión de más grandes consecuencias en Chihuahua. No lo sé de cierto, simplemente conjeturo.
 
Los años que siguieron fueron obviamente de tristeza por el martirologio, pero también de coraje por lo que sucedía en el país. Después la duda metódica llevó a cuestionar si tomar las armas era el camino o disponer de otro que le abriera grandes alamedas a las libertades públicas y a la democracia. Por lo pronto, Carlos Armendáriz se convirtió para los jóvenes de aquellos años en un héroe, y un auditorio de la extinta Escuela Preparatoria de la Universidad Autónoma de Chihuahua llevó su nombre. Es el sitio donde hoy existe una casa de cobranzas en el viejo campus universitario. Siguiendo los pasos de su querido hermano, Minerva Armendáriz, menor que él, pasó a formar parte de una nueva guerrilla, de asentamiento urbano pero sustentada en las mismas cosmovisiones y en la misma herencia de rebeldía. Cuando lo hizo, es evidente que llevaba el recuerdo del sacrificio de su hermano, su ejemplo, su legado, y a pesar de que era menor de edad, no se arredró. Inició la difícil marcha del entrenamiento y la clandestinidad y el inevitable asedio de la policía política y el ejército, con todas sus ramificaciones en las entidades federativas. En octubre de 1973 es detenida sin orden de aprehensión –secuestrada para decirlo de manera precisa– aquí en la ciudad de Chihuahua, prácticamente en simultaneidad con la hoy derechohumanista Alma Gómez Caballero. Ambos secuestros formaron parte de una redada realizada en varias partes del país que afectó a la organización denominada Movimiento Armando Revolucionario (MAR) al que ellas pertenecían. Minerva fue trasladada a la Quinta Zona Militar, con asiento en la capital del estado, y Gómez Caballero al extinto cuartel de rurales, ubicado en la parte posterior de lo que fue la Casa de Gobierno, en Avenida Universidad y División del Norte, donde fue interrogada por el inspector de policía Ambrosio Gutiérrez, brazo represor y homicida de Óscar Flores Sánchez.
 
Días después ambas fueron trasladadas en un vuelo comercial a la Ciudad de México. Cuando el avión llegó a Chihuahua, todo el pasaje fue desalojado para el abordaje de las presas políticas y continuar la ruta. Fue por ese extraño movimiento que empezó a trascender la noticia del cautiverio, despertándose gran solidaridad en el movimiento popular y entre los estudiantes de los centros de educación superior. En la Ciudad de México fueron internadas en una cárcel clandestina ubicada en el sector de Tlatelolco donde estaban concentrados otros de los correligionarios de la guerrilla. En esa cárcel permanecieron incomunicadas y con capuchas que les impedían reconocer a los torturadores, pero ahí estaban: Salomón Tanús, Miguel Nazar Haro. Los adultos pasaron a las prisiones de Lecumberri y Santa Marta Acatitla; Minerva, por su condición de menor de edad y embarazada, fue consignada a un tribunal de menores, si se puede decir con los beneficios que esto da, pero de la tortura no se salvó y tampoco del interrogatorio del criminal Miguel Nazar Haro, miembro de la Dirección Federal de Seguridad.
 
Minerva se mantuvo a lo largo de su vida como una mujer de izquierda, admiradora de la Revolución Cubana, y sin encontrar a plenitud la resilencia que una gran adversidad requiere para seguir adelante sin ir cargando pesadas maletas en un viaje tortuoso y difícil. En sí las dificultades de su vida frente a un Estado represor, la tragedia de perder a su hermano Carlos en una edad en donde los porqués no están a la mano –si es que algún día lo están–, el suicidio de los amigos queridos como Jesús María Casavantes, luego el de su hijo, que la acompañó en el secuestro, y luego la pertinaz enfermedad del cáncer que cegó su vida. Una vida densa, seguramente atormentada, con la pesadez que da la ambición de querer cambiarlo todo por un mundo mejor y no lograrlo, y seguramente el desencanto que de alguna manera se palpan en los textos que dejó y en los que se advierte que había una pluma en potencia, aunque a veces el tono me haga recordar los ácidos pasajes nietzscheanos o los construidos por Ciorán. No creo que haya llegado a la conclusión de que con la pasta humana difícilmente se pueda hacer algo fecundo, aunque me lo parece. Me causa un estremecimiento particular por el recuerdo de Carlos, de muchos otros que murieron asesinados, como Diego Lucero. Pero sobre todo porque discrepo de esa visión que mezcla con la política la necesidad de la muerte y que se desprende de una larga trayectoria, quizá nacida en las Termópilas y que en la modernidad arranca de Robespierre y su guillotina que un día le cortó el cuello, hasta Martí y Guevara, proceso histórico que se sintetiza en la frase “patria o muerte, venceremos”, o en lo dicho por el Ché en su carta de despedida: “Después supimos que era cierto, que en una revolución se triunfa o se muere, si es verdadera”.
 
Las grandes transformaciones de la sociedad sin duda necesitan de grandes erogaciones humanas y no pocas veces están ausentes el sacrificio de vidas, pero de ahí a decir que la muerte es un andamiaje y la violencia su compañera, hay un abismo. Entonces no teníamos cómo comprender estas cosas y el entusiasmo aprisionaba nuestras mentes y nuestros corazones al grado de estimar que encontrar la muerte sólo era la antesala para la sociedad utópica. Habrá que volver una y otra vez sobre esto, y para mí la muerte de Minerva se convirtió en el motivo de reflexión en torno a todo esto. Más, cuando ella hizo público su testimonio como mujer partícipe de la guerrilla, por haber publicado el estrujante Morir de sed junto a la fuente y otras notas con las que confeccionaba un libro que ojalá y en conjunto muy pronto se dé a luz con una biografía crítica de su vida.
 
La vida de Minerva Armendáriz nos ha recordado ahora muchas otras cosas: en particular la ausencia de los derechos humanos cuando ella fue secuestrada, la inexistencia de un Estado de derecho con las  garantías individuales que llegaron con la Constitución de 1917. Pero particularmente las barreras que se interponían para cambiar al país, ni siquiera para llevarlo al socialismo, sino simplemente cambiarlo en un sentido democrático, y dentro de esas barreras la existencia de una policía política sanguinaria, al servicio del autoritarismo priísta y que no respetaba absolutamente nada, ni la vida ni la dignidad de las personas. Hablo de la Dirección Federal de Seguridad, que formó la Brigada Blanca para dar pie a la guerra sucia y exterminatoria de la insurgencia. En esa brigada se creó el grupo conocido como “matamarranos”, destinada exclusivamente para ejecutar guerrilleros. Hablo de una policía adiestrada por la CIA y la Mossad israelí.. Sus operadores fueron Javier García Paniagua, General Francisco Quiroz Hermosillo, Capitán Luis De la Barreda, el ya mencionado Miguel Nazar Hero, Jorge Obregón Lima, Jesús Miyasawa Álvarez, Arturo Durazo Moreno y sobresaliendo de entre todos, el veracruzano Fernando Gutiérrez Barrios, el gran organizador de este aparato represivo, según la opinión de todos, y particularmente de Carlos Monsiváis. Gutiérrez Barrios fue un veracruzano que pasó por el Colegio Militar, se retiró del ejército con el grado de capitán, priísta desde 1952, adscrito a la Secretaría de Gobernación y que escaló en la DFS de los cargos menores hasta su dirección. El sistema le supo pagar bien: lo hizo gobernador de su estado y lo elevó al rango de secretario de gobernación y hombre temible y todopoderoso en el sistema priísta.
 
Reproduzco, tomado de la obra Los patriotas. De Tlatelolco a la Guerra Sucia, de la autoría de Julio Scherer y Carlos Monsiváis, el pacto que tenían estos policías políticos y que les permitía atropellar a cualquiera, dice así: “Te concedo la impunidad para tus métodos y tu trabajo fuera de las horas de servicio, y tú me adivinas el pensamiento en relación a mis adversarios; en resumen, haz lo que quieras pero no me lo cuentes, que yo te declararé inocente aún en el remoto caso de que lo seas”. Con juramentos como los que están implícitos en este pacto, fácil es entender por qué estos aparatos policiacos del Estado priísta mexicano se forjaban con grupos selectos de delincuentes y por qué de ahí salió la terrible delincuencia que ahora nos azota.
 
Para estos, amigos de la barbarie, lo habitual era la tortura, el homicidio, el secuestro, la desaparición y todo ese proceso represivo que se conoce como la Guerra Sucia. De la que se salvó, para dar testimonio, Minerva Armendáriz, la mujer que un día le reprochó a Antonio Becerra Gaytán la calidad de “dama” que encontró en Fernando Gutiérrez Barrios. Cosa fuerte, si las hay, y ahí están los textos indelebles.
 
La vida de Minerva da para mucho. Caminando los mismos pasos de André Malraux, quien en sus  Antimemorias dijo: “Casi todos los escritores que conozco recuerdan con cariño su infancia, yo odio la mía”, podría conjeturar que a ella se le interrumpió la infancia con la separación de Carlos y su muerte posterior, y pasó a la edad adulta de golpe y además dolorosamente. Brotó de nuevo ese sufrimiento, acrecentado en el suicidio de su hijo primogénito, ese que fue secuestrado sin saberlo, y sin duda percibió hasta el final un valle de lágrimas permanente para el que se necesita talento y voluntad para sobrellevarlo. Lo imagino, nada más. Y por eso creo que su vida, concluida la semana pasada, contiene todo para una estupenda novela y para gente que como yo le arroja las bases para una moraleja dolorosa pero inaplazable.
 
Puedo descreer que “no hay mal que se iguale al no haber sido”, como dice el poeta del Siglo de Oro, y como tengo en presencia seres que sin duda fueron, otros han sido y otros son, no puedo menos que hacer llegar mi más sentida condolencia y mi abrazo solidario a toda su familia, a todos sus compañeros y amigos.
 
Comentarios (1)
1 Martes 13 de Octubre de 2015 15:23
César Armando Montiel Anaya
mujer siempre de avanzada...ya vamos!

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