Lula, el carismático líder servidor

Leonardo Boff - avatar Leonardo Boff17 Abr 2018 Hits:986

Sensibilidad política

Lilia Cisneros Luján - avatar Lilia Cisneros Luján10 Abr 2018 Hits:784

Sensibilidad política

Lilia Cisneros Luján - avatar Lilia Cisneros Luján10 Abr 2018 Hits:803

¿Organizarnos?

Gustavo Esteva - avatar Gustavo Esteva10 Abr 2018 Hits:788

Nuestras cacerías de migrantes

Hermann Bellinghausen - avatar Hermann Bellinghausen10 Abr 2018 Hits:779

El presidente pasmado

John M. Ackerman - avatar John M. Ackerman10 Abr 2018 Hits:695

Niños robotizados PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Frei Betto   
Miércoles 30 de Octubre de 2013 11:51
Todos hemos visto cómo una niña da de beber a una muñeca, aunque ella sepa perfectamente que las muñecas no beben, igual que los niños conversan con los perros como si éstos fueran capaces de responder en el mismo lenguaje.
 
Es imprescindible para nuestra salud síquica disfrutar al máximo, en la infancia, nuestro universo onírico. Aunque las muñecas no beban el jugo que les ofrecemos, ni los perros puedan entablar diálogo con una persona, ésta atribuye a la muñeca y al animal estados emocionales propios de los seres humanos.
 
Todo niño es un actor/actriz, capaz de desempeñar múltiples papeles. La niña es madre, hermana, abuela, profesora y médica de la muñeca. Se da interacción entre las dos. La muñeca, gracias a la proyección onírica de la niña, responde, llora, come, bebe y defeca.
 
La fantasía es el recurso mimético que permite al niño trasladar, a su manera, el universo de los adultos a su mundo y, al mismo tiempo, es el complemento de la sabiduría infantil, proveedora de sentido y animación al que, para los ojos adultos, carece de sentido y permanece inanimado.
 
El niño, montado en la punta de una escoba, se siente intrépido en su caballo. Dele un caballo de juguete, con arreos y melena, y es probable que a los pocos días abandone el regalo para volver a su escoba, que dialoga con su imaginación. Vaciar la infancia de todo cuanto tiene de propio, como actividades lúdicas, jugar al aro, al escondite, y reunirse con sus amiguitos, es esencial para un futuro saludable cuando sea adulto.
 
Sin embargo hoy día esa exigencia se vuelve más difícil. La calle se ha vuelto peligrosa, amenazada por la violencia y el tráfico. Los niños quedan encerrados en casa, confinados en apartamentos, dedicados a los juegos electrónicos, la tv e internet.
 
En la misa del domingo vi a dos niños compartiendo un smartphone, mientras sus padres participaban en la liturgia. Estuvieron todo el tiempo atentos al hombre araña arrasando a sus adversarios.
 
¿Qué se va a esperar de un adulto que de niño se divertía con la violencia virtual y pasaba horas practicando asesinatos mediante los muñequitos electrónicos? ¿Y de una niña que a los 4-5 años se maquilla como una mujer adulta, habla como adulta, manifiesta deseos de adulta, padeciendo la esquizofrenia de ser biológicamente infantil y sicológicamente ‘adulta’?
 
La pubertad, momento crítico para todos nosotros, es más angustiante para esta generación que no exprimió su potencial de fantasías. El miedo a lo real es más acentuado, igual que la dependencia familiar en que viven muchos jóvenes de entre 25 y 30 años, al abrigo del hogar paterno.
 
Esa inseguridad frente a lo real es la puerta de entrada para la vulnerabilidad ante las drogas. El traficante, merced a una perversa intuición profesional, ofrece gratis su mercancía a los adolescentes, como si les advirtiese: “Tú ya no puedes soñar con tu propia cabeza. Pero no temas, hay otro modo de huir de la realidad y de ´viajar’ legalmente. Sólo que ahora dependes de la química. Experiméntalo”.
 
Me preocupan también los niños robotizados que, además de la escuela, tienen la agenda llena, con cursos de idiomas, natación, etc., sin tiempo para jugar con otros niños y de ese modo sin posibilidad de educarse en los códigos de sociabilidad, como saber reconocer sus propios límites y respetar el derecho de los otros.
 
Quizás esa robotización explique un fenómeno tan común en las grandes ciudades: adolescentes y jóvenes que, en el bus o en el metro, se hacen los ciegos al ver de pie a personas de edad, deficientes físicos o mujeres embarazadas, y permanezcan sentados tranquilamente, burlándose de la más elemental educación.