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Atracón navideño PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Luis Villegas Montes   
Miércoles 08 de Enero de 2014 17:40
  “Las chicas que crecen aprisa tienen los ojos tristes”
Arturo Pérez-Reverte.1
 
Con pena, doy fe de que en estos días perdí la brújula de la moderación y aumenté no sé cuántos kilos. Literal y metafóricamente (si los cerdos leyeran) comí y leí como cerdo. A estas alturas bien podría alguien preguntarse: “¿Leer? ¿Es que antes no leía o qué?”. ¡Claro que he leído! Circulares, resúmenes, tarjetas, proyectos, iniciativas, dictámenes, doctrina, tesis, informes, oficios, libros de texto… una variada fauna de documentos. Pero leer, leer, leer, lo que se dice leer, ni una sola letra. Ni una “jota” siquiera. Porque uno llega a una edad en que lee, no para que se le ilumine el entendimiento, no, sino para navegar seguro por los entresijos del alma.
 
Y así llegó la segunda quincena del mes de diciembre y, más que leer, devoré libro tras libro (acompañados de una serie de apetitosas viandas): “Luna Fría”;2 “Las Reputaciones”;3 “El Francotirador Paciente”;4 “Y las Montañas Hablaron”;5 “Victus. Barcelona 1714”;6 “Ira Divina”;7 “El Héroe Discreto”;8 “Los Asesinos del Emperador”9 y “El Estudio de China”.10 De todos, cosa extraña, fui feliz con todos; sin embargo, de todos, me quedo con el último. Antes de continuar, una breve pausa técnica: Escribí “cosa extraña” porque, entre tanto libro, resulta singular el que, sin excepción, todos me hayan gustado tanto. Lo más sencillo -y frecuente- es que gusten uno o dos, a veces tres. ¿Pero tantos? Pues así fue. Claro que unos me gustaron más que otros. Y todos me gustaron por razones distintas. Por ejemplo, “Luna Fría”, de Jeffery Deaver, es un thriller protagonizado por un ya clásico de la literatura y el cine: El criminólogo tetrapléjico Lincoln Rhyme, acompañado por la también policía -y pareja sentimental- Amelia Sachs; encarnados, respectivamente, en la pantalla grande, por Denzel Washingon y Angelina Jolie. De tal suerte que aquellos que no disfrutan de los placeres que brinda ese tipo de lectura no gozarán de este libro; pero yo, que he leído “novela negra” y policiaca como loco desde que tengo 12 años, por supuesto que fui inmensamente feliz con la última entrega de esta zaga que, por cierto, quedó en suspenso, muy al estilo de Conan Doyle y sus personajes de Sherlock Holmes y el Dr. Moriarty. Otro ejemplo, a “Ira Divina” llegué después de haber leído, casi por casualidad -pues lo compré en un arrebato súbito de inspiración- “El Enigma de Einstein”,11 ambos de José Rodrigues Dos Santos; puedo afirmar sin sonrojos que, en materia de suspenso, es de lo mejor que he leído en los últimos tiempos y que Dan Brown, inmerecidamente famoso y francamente mediocre, no tiene nada qué hacer comparado con él. Pero bueno. Leí, leí, leí.
 
Este atracón de literatura me recordó porqué me gusta tanto leer, pues si alguien me preguntara qué más hice estos días, podría decir que viajé. ¡Vaya que si viajé! De la mano de estos autores y de sus personajes, siguiéndolos muy de cerca, estuve en Nueva York (Deaver); Colombia, concretamente en Bogotá (Vásquez); Madrid, Nápoles y Roma en la época actual (Pérez-Reverte); Barcelona y París, entre 1704 y 1714 (Sánchez Piñol); en Kabul, Afganistán, a mediados del Siglo pasado, así como en la costa este de los Estados Unidos (Hosseini); en Rusia, Egipto, Portugal, Arabia y un sinfín de lugares, desde los ayeres que vieron nacer, predicar, guerrear y morir a Mahoma, hasta nuestros días (Rodrigues Dos Santos); en el Perú de hoy, en Lima y Piura, para ser precisos (Vargas Llosa); y en la Roma del año 96 d.C., a la sombra de un Emperador (Posteguillo).
 
Uno no lee para aprender; uno deja de leer para aprender cuando sale del colegio; uno lee para revivir y, a veces, para recrearse; e incluso, para reinventarse a uno mismo a partir de otro. Uno, yo, sostengo una espiral dialéctica con el autor del libro que estoy leyendo, que me eleva más allá de las limitadas fronteras de mi entendimiento y me hace pensar en cosas que de otra manera no habría pensado; sentir cosas que no he sentido o explicarme aquellas otras que sí he experimentado pero a las cuales no le hallo pies ni cabeza. En unos breves párrafos, Pérez-Reverte me obligó a reflexionar sobre el origen del arte, la necesidad del arte, la autenticidad del arte y sus límites; y recobré para mí, todas las horas que he pasado frente a una pintura, una escultura o cualquier otra “obra de arte” preguntándome si vale la pena estar ahí, qué quiso decir el autor, cómo pudo hacerlo -carajo- en qué o en quién estaba pensando, o a dónde podré ir a comer algo porque me estoy muriendo de hambre: “El arte –hace decir el español a uno de sus personajes- sólo sirve cuando tiene que ver con la vida… ¿Estamos de acuerdo en eso?”,12 y agrega: “El arte sólo existe ya para despertarnos los sentidos y la inteligencia y lanzarnos un desafío”;13 “el arte no es un producto, sino una actividad”;14 y remata: “Creemos que el arte hace al mundo mejor y más feliz a la gente –dijo- que lo hace todo más soportable. Y eso es mentira”.15 Y aunque puedo estar en acuerdo o en desacuerdo con él, es irrelevante, porque lo cierto es que, al leerlo, me reconcilio conmigo mismo; recobro pasajes de mi propia vida, con mis dudas, vacilaciones y temores, cuando me paro enfrente de un cuadro a contemplarlo. Y siento que no soy el único espectador, perplejo, preguntándose: ¿Qué es el arte? ¿Para qué sirve? O, más importante aún: ¿Quién soy yo? ¿Para qué estoy aquí?
 
Continuará…
 
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