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Los últimos meses la situación nacional parece ir en serio declive. La violencia se ha incrementado y se ha tornado más indiscriminada o, de plano, se está orientando a asesinar a inocentes, en una versión autóctona de terrorismo. En esta tesitura, la figura del ejecutivo ha salido dañada, y eso ha acentuado un problema de imagen que estaba ya en serios aprietos.
Resulta obvio que la estrategia inicial, diseñada para alcanzar cierta legitimidad, de hacer la guerra en contra del narcotráfico ha sido un fracaso, al menos por dos razones: la primera, que la respuesta ha sido más violenta de lo esperado, y no tienen una capacidad de respuesta equiparable; y la segunda, que colocar a los militares en labores que no son su misión constitucional, ha generado problemas serios dentro de la institución, que van desde la corrupción, que no es generalizada, hasta conflictos de trato y respeto hacia los civiles que, sin querer o no, son inmiscuidos en operaciones contra los presuntos traficantes.
A eso se le debe añadir la falta de oficio político del primer mandatario y su equipo: si bien Calderón reaccionó de fea, y muy torpe manera, frente a la matanza de jóvenes en Ciudad Juárez, los comentarios del Secretario de Gobernación no parecieron tampoco muy hábiles y sagaces. Cuando Gómez Mont afirmó que esos episodios eran de esperarse ante la embestida contra los traficantes, y que eran como una reacción natural frente a la firmeza del gobierno, pareció decir que la violencia de los sicarios era, primero, una prueba del éxito de la lucha y, segundo, que la población afectada debe aceptarlo como su parte del altercado; a eso habría que añadir que dejó implícito que, ese tipo de respuestas no estaban previstas y que el gobierno no sabe cómo impedirlas o prevenirlas. La ciudadanía, véase la reacción de algunas madres juarences frente a Calderón, reflexionó más bien sobre lo que parece ser la ineptitud rampante del gobierno para defenderla de los actos violentos que, ellos así lo dicen, son resultados de la lucha contra el crimen. Y la pregunta inmediata es, si conocen las posibles reacciones violentas de parte de los sicarios, frente a la presión a que los someten, ¿por qué no diseñaron programas o acciones para defender a la población inerme? Es una cuestión razonable, es lo que una entidad responsable y previsora debería haber planeado. No parece que sea el caso, y no han dado muestras de haber estado preparados para las reacciones violentas de los afectados. Desgraciadamente, parece que el actual régimen, no previó ni planeó, junto con la embestida al narco, la protección a la población contra la violencia de las respuestas de los delincuentes. Y ese también era su deber, seguramente más apremiante que la descarnada lucha contra al tráfico de drogas que cruzan hacia Norteamérica. A tres años del gobierno de Calderón se puede afirmar que su estrategia política no parece haber dado mucho fruto, y la lucha militarizada tampoco tiene un fin cercano. Eso implica que muy probablemente tendremos violencia similar en el futuro, y un ejecutivo con menos soporte y legitimidad política que le son esquivas desde la toma de posesión. Eso ha desembocado en varias iniciativas no oficiales, de grupos descontentos, en el sentido de exigir la renuncia del presidente. Parece remota la posibilidad, pero sí son indicadores fehacientes de una desesperación y un hartazgo popular que, son una clara muestra de que el apoyo ciudadano probablemente ha decrecido a la mitad de su mandato. Todo eso configura una seria crisis nacional: el problema del narco tiene que comenzar a solucionarse con eficacia y protegiendo a inocentes, pero Calderón y su equipo no parecen gozar del apoyo necesario para lograrlo. La renuncia presidencial parece remota, a pesar de las presiones en aumento. Sólo resta una auténtica alianza nacional, en la que el ejecutivo logre una humildad sincera, e improbable, procure acuerdos de Estado, no políticos, para unificar criterios y apoyos, y consiga que los partidos y otros actores acepten la emergencia y logren un acuerdo sólido para refundar el Estado y luchar contra un enemigo temible y cruel. |