| Liberación paralela |
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| Escrito por Ernesto Camou Healy |
| Jueves 11 de Marzo de 2010 20:00 |
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Esta semana se conmemoró el Día Internacional de la Mujer. Conviene dejar constancia que la parte femenina de la humanidad, ese cincuenta por ciento que nos sigue pareciendo, a los varones, elusivo e inquietante, muy probablemente es responsable de algo más de la mitad de la historia y la cultura de la humanidad.
Es interesante reflexionar que todo lo que es humano actualmente, el conjunto absoluto de esa red de símbolos, significados, objetos materiales, relaciones y sus modos y formas que constituye la cultura, es resultado del trabajo y la inventiva de mujeres y hombres desde el inicio de la hominización. Desde que algún hipotético pre-homínido alcanzó, así fuera de modo rústico y primigenio, la excelsa capacidad de pensar y pensarse a sí mismo, se empezó a construir esa vasta totalidad de la cultura, que es en primer lugar, un artefacto, y en segundo, una responsabilidad compartida entre todos y todas, mujeres y hombres. Aquel primer humano pensante, inteligente, fue alguien que, por un salto cualitativo en la evolución, debido seguramente a una novedosa capacidad cerebral para establecer relaciones entre neuronas y cortezas cervicales, y permitido y alentado, quizá, por una chispa Divina, pudo alcanzar, para sí, la conciencia de ser alguien distinto de y, además, indeterminado por todo lo que le rodeaba. Era el primer ser humano, y estaba sexuado, condición para transmitir a sus descendientes la nueva capacidad de sentir y sentirse, inteligente. Comenzó entonces una historia añeja en la que, ambos, hombres y mujeres, fueron construyendo un artilugio complejísimo, producto de su esfuerzo cotidiano, de su voluntad de transformar ese mundo natural que los rodeaba, en cultura, la forma propia de estar en el mundo que tenemos los humanos. Y esa cultura, a fuerza de años y milenios, parece haber adquirido vida propia, una entidad separada de quienes la crearon y recrean constantemente, un complejo de creencias y convicciones sobre la vida, la sociedad, los valores, el orden, el caos, la convivencia y las formas aceptadas de ser individuos, de vivir la condición de hombre y de mujer. Y tiene tal fuerza que muchos, y muchas, por siglos, han creído que la cultura es algo propio de lo natural, que sus dictados son ineludibles e irrenunciables, que el hombre y la mujer tienen que serlo sólo del modo y manera que una cultura particular ordena; y que no seguir lo que se prescribe es ir en contra de una “naturaleza humana” que no es más que otro código cultural, diseñado desde antiguo y, por lo mismo, totalmente modificable. Y así, a lo largo de la historia humana, hombres y mujeres han ido conformándose a mandamientos, estilos, órdenes, valores y reglas con la vaga conciencia de que es lo “natural”, cuando lo cierto es que son formas convencionales de ser y convivir que han ido haciéndose sólidas en el entramado de las culturas, pero de ningún modo son inmutables o absolutas. Y es ese “ardid” que torna lo mutable y relativo en inalterable y necesario, el que ha hecho casi una necesidad que las mujeres y lo femenino tengan desde antiguo una posición social, y cultural, secundaria y subordinada a los varones y lo masculino, engaño habilísimo y antiquísimo, lo que contribuye a afianzar su reclamo de asentado en una “naturaleza” ficticia. Y esto es lo que hace conveniente, y absolutamente necesario, dedicar un día a pensar en la condición femenina: sólo haciendo una crítica profunda de las convenciones y normalidades de la sociedad y la historia, es posible atisbar con claridad que son mecanismos diseñados por la humanidad, y por lo mismo relativos y transformables, que han tenido una lógica y una función, que han sido útiles y sostenido a grupos humanos concretos, varones por supuesto, que han derivado del artificio mismo, privilegio y autoridad, influencia y control. De lo que se trata entonces es de pensar, reflexionar críticamente, sobre una cultura de siglos que fue delineada para consolidar una supremacía varonil, a la que el esfuerzo y la conciencia femenina van, poco a poco, cambiando y eventualmente demoliendo. Su liberación, urgente, será también la nuestra… |




