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El discurso del presidente y los represores que salieron del “closet” PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Alejandro Salmón Aguilera   
Miércoles 19 de Noviembre de 2014 10:13

 

¿A quién  o quienes se refiere el presidente de la República cuando habla de los que quieren “desestabilizar” para “atentar contra el proyecto de Nación que venimos construyendo?”.
 
Suena a que se refiere a quienes se oponen al paquete de reformas a los que suelen referir como “estructurales”, entre las cuales se incluye la inclusión de inversión privada en el sector energético, o la reforma laboral en materia de educación, por mencionar las más polémicas.
 
Si es a ellos a quienes se refiere, la advertencia–¿amenaza?—está cantada: “no nos vamos a detener”, dijo este lunes.
 
A juzgar por el tono de su voz y por su lenguaje facial, el presidente estaba enojado. Enojado no por las condiciones de inseguridad que prevalecen en amplias zonas del país, por más que se quieran maquillar las cifras. Enojado no con los sistemas de inteligencia del gobierno a su cargo que debieron advertir los movimientos delictivos del alcalde de Iguala y, seguramente, de otros más que debe haber diseminados a lo largo del país. Su enojo no alcanzó para regañar al encargado de la procuración de justicia del país, Jesús Murillo Karam, después de esa desafortunada conferencia de prensa donde prácticamente dio por muertos a los 43 estudiantes desaparecidos. Los dio por muertos, pese a no tener evidencias de que los restos incinerados que encontraron en un basurero del poblado de Cocula corresponden a los de los desaparecidos. Por primera vez, un homicidio, en este caso múltiple, se resolvió sin tener cuerpo del delito.
 
Menos aún se enojó con la parte del Estado Mayor Presidencial encargada de vigilar el Palacio Nacional, la cual—extrañamente—permitió que un grupo de encapuchados prendieran fuego a una de las puertas que dan al frente del edificio. Tampoco se molestó con los agentes policiacos del Gobierno del Distrito Federal que cometieron la imprudencia, por decir lo menos, de entrar al campus de la UNAM y detonar disparos de arma de fuego. No.
 
El enojo era contra la parte del periodismo mexicano que difundió la existencia de una mansión ubicada en el número 1325 de la Avenida Las Palmas de la ciudad de México, cuyo valor ha sido calculado en 7 millones de dólares.
 
El reclamo no era por la ausencia de justicia para las familias de esos y de los miles de desaparecidos reportados desde diversos puntos del país, sino el que haya manifestaciones en contra de la actuación de su gobierno en la resolución de ese y de otros problemas.
 
El encono presidencial no va dirigido hacia las organizaciones delictivas que sí desestabilizan al país, sino contra la corriente de pensamiento y acción que no acepta la entrada de capital extranjero al sector energético, o contra el ala del magisterio que rechaza las nuevas condiciones laborales impuestas por la reforma educativa.
 
“hay protestas que no está claro su objetivo. Pareciera que respondieran a un interés de desestabilizar, de generar desorden social y sobre todo de atentar contra el proyecto de Nación que venimos construyendo”, dijo el presidente.
 
Antes de investigar quién o quienes llevaron a cabo los actos vandálicos; de cerciorarse de si se trató de grupos infiltrados, el Gobierno saca la espada y la pone sobre la cabeza de quienes no compartan su proyecto de Nación. Autoritarismo habemus. Tal pareciera que el deseo de muchos priistas, represores de clóset, se ha cumplido: el espíritu de Díaz Ordaz está de regreso.
 

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