¿Regreso de los dinosaurios? PDF Imprimir Correo electrónico
Escrito por Víctor Orozco   
Lunes 17 de Mayo de 2010 07:53
El historiador chihuahuense, Víctor Orozco, hace una interesante reflexión acerca de las implicaciones de un eeventual regreso del PRI al poder del estado mexicano.

El PRI tiene altas probabilidades de regresar a Palacio Nacional dentro de dos años y también de dominar el Congreso de la Unión,  si consideramos su incontenible avance en las elecciones locales. Placea ya un candidato a la Presidencia, que le ha dispuesto y engordado Televisa.  ¿Qué implicaciones pueden derivarse de la reimplantación del PRI en el poder estatal?. Enlistemos algunas:

Liquidación de los avances alcanzados por el país en materia electoral. Aunque se antoja difícil, es dable imaginarnos de nuevo a un México sin  elecciones o con remedos de elecciones.

  • Avasallamiento de los poderes legislativo y judicial por el ejecutivo. Este vergonzoso modelo se mantuvo por décadas. Monarcas sexenales, cada uno en su ámbito, el presidente de la República y los gobernadores de los estados elaboraban y mandaban leyes o sentencias a legisladores y jueces, que ni colorados se ponían cuando estampaban su firma al pie. Tan instalados estaban en su papel de monigotes, que les parecía una condición casi natural. La misma exhibida en Puebla hace poco en el caso de Lydia Cacho, como ominoso ejemplo contemporáneo.
  • Sometimiento de todas las instituciones públicas a los mismos ejecutivos federal y locales, sin consideración a sus funciones legales ni a la autonomía propia de algunas de ellas. Las preferencias y privilegios, el influyentismo, ensuciaron durante largo tiempo a estas entidades y suplantaron al trato igual que deben recibir todos los habitantes por parte de los funcionarios estatales. Algunas universidades y otras instituciones de enseñanza, albergaron a núcleos de resistencia, pero la mayoría aceptó también esta indigna condición de vasallaje:  y allí tenemos a sus autoridades segregando o expulsando a estudiantes y a profesores disidentes.
  • Fusión del partido oficial con las instituciones públicas. (Hasta hace unos pocos años, el PRI aparecía significativamente en los directorios telefónicos junto con todas las oficinas del gobierno). El hecho suponía la usurpación del Estado por una fracción organizada de la sociedad. De allí se pasó a la usurpación de la nación, tanto, que esta fracción se apoderó de los colores patrios. Nunca, ni en los momentos de mayor homogeneidad alcanzada por el régimen priísta, la población mexicana fue uniforme en sus preferencias ideológicas o políticas. De hecho, tampoco cesó la oposición desde todas las trincheras: los sindicatos, las organizaciones políticas, los amplios movimientos de masas, las luchas campesinas, los grupos armados, los movimientos estudiantiles y populares. Sin embargo, todavía hay quien, alborozado por los últimos éxitos electorales, dice que el PRI más que un partido es un símbolo de la nación. Pretensión vana o fanfarronería, vale consignarla sólo para constatar hasta donde podría llegar la involución propiciada por estos dinosaurios.
  • Represión política dirigida contra todos los discrepantes. A la manera de las iglesias, el PRI siempre tuvo herejes a quienes expulsar, matar, aprisionar, satanizar o fastidiar de muy variadas formas. Apropiado de todos los puestos estatales, el PRI les reservaba a sus opositores genuinos la marginación perpetua, la cárcel, la tumba o la vergonzante cooptación. Nadie fuera del régimen podía esperar hacer una carrera política defendiendo sus principios y desarrollando programas de gobierno.
  • Establecimiento de una cultura de la sumisión, confundida con el falso respeto a los ocupantes del poder. Apenas en 1968, decía el citadísimo Monsiváis, se demostró que el presidente de la República era mentable de madre. La agachonería, la renuncia a la personalidad propia, (“¿Qué horas son?: Las que usted quiera señor Presidente”) dieron para cientos de miles de clientes o súbditos, también para legiones de cortesanos y desde luego, para ningún ciudadano y tampoco para ningún funcionario republicano.
  • Mordaza a los medios de comunicación. La prensa escrita, la TV y la radio aprendieron a vivir de las gacetillas e incluso a recibir sus formatos ya elaborados en las oficinas de las dependencias oficiales.
  • Alimentación de una oligarquía voraz a través del erario público. Don Daniel Cossío Villegas  afirmaba que el régimen mexicano producía “comaladas” de millonarios cada seis años. Los economistas decían que en México habría que incorporar una nueva categoría a las reconocidas fuentes de acumulación de capital: la rateriada.

Puede seguirse enlistando muchas otras lindezas del régimen priísta, pero bastan éstas para dar pie a la pregunta: ¿Por qué que la mayoría de los mexicanos estarían de acuerdo en arriesgarse a un regreso a este sistema votando por el PRI?. Algunos dicen que este posible retorno tendría su origen en la desmemoria del pueblo, incapaz de recordar los tiempos  asociados a la hegemonía priísta. No comparto esta idea: son tan recientes que apenas sí se han desdibujado. Incluso varios distintivos,  notorios y dañinos para la salud colectiva, ni siquiera se perturbaron con la llamada alternancia, que supuso la llegada del PAN al poder.  

Creo que hay dos causas principales de esta hipotética regresión: por una parte el ánimo frustrado de la mayoría y hoy, sobre todo, el vehemente anhelo de paz que se experimenta en todas partes. El primero brota del estrepitoso fracaso de las administraciones panistas, así como de su inconsecuencia. La insistente postulación democrática del PAN resultó ser una vulgar impostura, un liso y llano “quítate tú para ponerme yo”. Apenas cuatro años después de que Fox se arrellanó en Los Pinos, pisoteó las divisas democráticas alzadas por su partido y quiso sacar de la jugada a López Obrador valiéndose de un sin fin de malas artes y desde luego del poder estatal. En la tarea, contó desde luego con el auxilio de los priístas, sus maestros.

Y, ¿Cómo no desanimarse frente al anhelado cambio, cuando se advierte (y se sufre) la desvergonzada alianza entre el régimen panista y los “líderes” archimillonarios que usufructúan las cuotas de los trabajadores gracias a su complicidad con el gobierno?. ¿Acaso el Gamboa Pascoe con sus relojes  de diamantes, compartiendo muy orondo los presídiums con Fox o Calderón es otro diferente al del PRI?.

¿Cómo no hacerlo cuando ahora se sabe de la utilización del presupuesto, de las informaciones privilegiadas, de los contratos para realizar obras públicas, de las concesiones para enriquecer a los amigos y cofrades? En estos oficios el régimen del PRI fue experto y el del PAN aprendió con tanto ahínco, que en el punto su actitud se parece a la recalcitrante asumida por los feroces conversos a una religión. O quizá deberíamos pensar mejor que no podía ser de otra manera, porque una buena parte de los nuevos gobernantes son priístas a los que sacaron de la fila.

Este desengaño es muy mal consejero para el pueblo: le dice que debe agarrarse a lo aparentemente seguro, así sea el  clavo ardiendo tricolor. Tampoco ayuda nada el desprestigio en que ha caído otro de los protagonistas de la famosa transición, el PRD, copado por las tribus y con una dirección ganada por el oportunismo.

El segundo componente que pavimenta el regreso del PRI al carro completo, es la pérdida de la seguridad. Nunca, en toda la historia de México, sus habitantes habíamos vivido con la zozobra y el temor que hoy forman parte de nuestras vidas. Y, las mayorías votan siempre a favor de quien ofrezca alguna posibilidad de alcanzar la paz. Los sandinistas (los primeros, los idealistas) aprendieron esto cuando sus propios adherentes sufragaron en su contra. La ya casi olvidada lección de los bolcheviques también lo dice: se ganaron a las masas bajo la promesa de lograr la paz. Es muy probable que un régimen neo priísta en México tampoco lo consiga, pero existe la esperanza de que lo haga y es suficiente.

Se diría que ante este panorama, casi nada positivo podemos esperar los mexicanos del próximo futuro. Sin embargo, es cierto que no todos los priístas son de aquellos que no han olvidado nada ni aprendido nada, tampoco puede decirse que todos los panistas sean impostores, o todos los perredistas incapaces de construir y sostener sus principios. En los partidos y sobre todo, fuera de ellos, laten las fuerzas sociales, culturales y políticas que han sacado a México de sus peores momentos, que fundaron la nación contra viento y marea, que han edificado las instituciones y mantenido un proyecto para el futuro. Son los que nunca han arriado la bandera de la legalidad, de las libertades y del bienestar colectivo.

Están en los sindicatos, en los movimientos sociales, en las asociaciones de profesionistas, en las agrupaciones de vecinos, de campesinos, de estudiantes, de consumidores, de trabajadores de la cultura, de empresarios con visión social. Hay también candidatos valientes, honrados e inteligentes.  A la organización y al accionar de estas fuerzas debemos apostar.